OTAVALO, LA CIUDAD DE SUS RECUERDOS

 Por Dorys Rueda 

Es jueves de octubre. Al mediodía, Quito permanece bajo un cielo gris, con un frío que anuncia la lluvia. Me dirijo a un centro comercial del centro norte de la ciudad para entrevistar a José Bastidas, pintor otavaleño cuya obra ha recorrido galerías y espacios culturales de distintos países.

Nos encontramos en una cafetería. Me recibe con una sonrisa amplia y la sencillez que lo caracteriza. Pide un capuchino.

Nos hemos visto apenas un par de veces. Sin embargo, al sentarnos, la conversación fluye con la familiaridad de quienes se conocen desde siempre. José habla suavemente, con pausas, sin prisa, como si el tiempo pudiera esperar.

Podríamos hablar de sus pinturas, de su trayectoria artística o de la labor solidaria que realiza con los recursos obtenidos de la venta de sus cuadros. Pero hoy quiero conversar con él sobre un tema especialmente querido para ambos: Otavalo.

La ciudad donde nacimos y donde tantas historias permanecen por contar.

 —José, usted nació y creció en Otavalo. ¿Cómo recuerda la ciudad de su infancia? ¿Qué lugares, personajes y escenas de la vida cotidiana permanecen más vivos en su memoria?

—Nací y crecí en Otavalo. Mis recuerdos fueron de lo mejor. Para forjarme un futuro tuve que limpiar zapatos en el parque Bolívar hasta altas horas de la noche. Con eso pude educarme en la escuela 10 de Agosto, el Colegio de Artes Plásticas Daniel Reyes y la Universidad Central.

Mientras lo escucho, imagino las noches en el parque Bolívar, cuando la ciudad comenzaba a quedarse en silencio y aquel niño todavía tenía una jornada por terminar. Me pregunto cuántos sueños habrán nacido en esas horas.

—El esfuerzo y la tenacidad me permitieron forjarme un futuro mejor, para ser un hombre de bien en la sociedad. Mi anhelo siempre ha sido de superación porque en mi hogar no teníamos nada. Éramos de un hogar muy humilde y pobre. Siempre aspiré a ser un artista reconocido y lo logré. He participado en varias exposiciones y recibido premios nacionales e internacionales.

Aquellos sueños terminarían por abrirle las puertas de las galerías y las aulas.

—La docencia y el arte siempre han estado ligados. Fui docente en instituciones educativas de nivel primario, secundario, como el Instituto Nacional Mejía, y superior, en la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación de la Universidad Central del Ecuador, durante muchos años. Actualmente, doy clases en la Universidad de Otavalo.

De su trayectoria profesional, la conversación vuelve al territorio de sus primeros años. Hay un barrio que José no ha dejado atrás.

—En el barrio El Empedrado pasé mi infancia y juventud. Éramos cuidadores, día y noche, de los garajes de don Jorge Buitrón. Ahí guardaban los carros la mayor parte de la gente otavaleña.

Pienso en cómo ciertos lugares terminan formando parte de nuestra identidad. Basta pronunciar su nombre para que regresen las voces, los rostros y las pequeñas historias de quienes compartieron nuestra vida.

—En aquellos años, Otavalo tenía sus propias costumbres y formas de convivencia. ¿Cómo era la relación entre vecinos y familias? ¿Qué tradiciones recuerda con especial afecto?

—Otavalo era diferente en todos los aspectos. Había una hermandad; la solidaridad y el respeto imperaban en todas las familias. Los vecinos eran muy amables y cordiales, no había diferencias. Todo era armonía y una paz total.

—Una tradición del barrio El Empedrado eran los bailes con trajes de yumbos que organizaba la familia Vela durante las fiestas de Navidad. Los niños participábamos bailando por las calles empedradas de Otavalo.

Las celebraciones también nos llevan a quienes formaban parte de la vida cotidiana del barrio.

Algunos dejaron huella por su generosidad.

Otros, por sus singularidades.

—En todo pueblo existen personajes que dejan huella sin aparecer en los libros de historia. ¿Qué personajes populares o pintorescos recuerda del antiguo Otavalo? ¿Podría compartir alguna anécdota que todavía le provoque una sonrisa?

—En verdad, en Otavalo hay personajes que no han sido tomados en cuenta. Quiero mencionar a dos de ellos: la profesora Zemia Flores y Bolívar Cerón, importantes educadores de la escuela 10 de Agosto.

Ambos fueron mis maestros y me ayudaron durante mis años escolares. También apoyaban a muchos niños que, como yo, no teníamos los recursos económicos necesarios para estudiar.

Su ayuda continuó cuando quise ingresar al Colegio de Artes Plásticas Daniel Reyes.

Lo escucho y pienso en esas personas que aparecen en nuestra vida y, casi sin saberlo, contribuyen a cambiar su rumbo.

—También recuerdo al Cari Sucio, un mecánico que siempre andaba con la ropa y el rostro llenos de grasa y aceite. Nunca se bañaba ni se cambiaba de ropa. Con el sol y sus movimientos, hasta parecía cambiar de color. Era muy conocido y amigo de los niños. Nos enseñaba los secretos de la mecánica.

No puedo evitar sonreír. Hay otavaleños que no necesitan presentación. Basta con mencionar su sobrenombre.

De los personajes del pasado, nuestra conversación pasa al Otavalo de hoy.

—Usted ha sido testigo de las transformaciones de Otavalo a lo largo de varias décadas. ¿Qué cambios le producen nostalgia? ¿Qué cree que hemos ganado y qué hemos perdido como ciudad?

—Otavalo, años atrás, era diferente en lo social, cultural y deportivo. Siempre eran prioridades por parte de las autoridades del Municipio de Otavalo. Los patrimonios tangibles e intangibles eran respetados. Ahora no hay ese respeto.

—En el ámbito cultural, actualmente se hace muy poco. Me produce mucha nostalgia ver cómo se han destruido lugares patrimoniales y se han perdido costumbres que formaban parte de nuestra identidad.

Considero que la política le ha hecho mucho daño a Otavalo. Ya no existe el respeto de antes y, en muchos casos, los intereses personales y las afinidades políticas prevalecen sobre las necesidades de la ciudad.

Otavalo ya no es el mismo de antes.

Su preocupación se extiende también a la difusión de nuestra historia.

—Otavalo es una de las ciudades más bellas, con una gran riqueza de culturas, tradiciones e historias que mucha gente desconoce. Considero que el Municipio de Otavalo, a través de su departamento de Cultura, debería trabajar para investigar y difundir ese patrimonio. Sin embargo, no lo hace porque, a mi juicio, se designa a personas que no conocen suficientemente nuestra historia y nuestra realidad cultural.

Pienso en las pérdidas que ocurren lentamente, casi sin que las advirtamos. Cuando finalmente las reconocemos, a veces ya es demasiado tarde.

Antes de terminar, quiero invitarlo a regresar por un momento al pasado. A ese Otavalo que todavía permanece en su memoria.

—Si pudiera regresar por un día al Otavalo de su infancia, ¿qué lugares recorrería, a quiénes buscaría y qué momentos quisiera volver a vivir?

—Regresaría al barrio El Empedrado y recorrería sus gradas, que antiguamente eran de piedra; de ahí proviene su nombre. Buscaría a la familia de Melchor Ayala, que se dedicaba a la curtiembre, para rememorar historias del pasado.

—Quisiera retroceder en el tiempo y volver a vivir aquellos años, cuando el barrio era tan diferente.

Mientras José termina de hablar, pienso en esa extraña relación que mantenemos con el pasado. A veces quisiéramos regresar, aunque fuera por un instante, no para cambiar lo vivido, sino para encontrarnos nuevamente con quienes fuimos.

Dejamos la cafetería y subimos a la planta alta del centro comercial. Entramos en una librería y nos detenemos a revisar libros de arte.

Hace apenas unos minutos recorríamos, a través de sus palabras, las calles del antiguo Otavalo. Ahora estamos entre libros.

Pienso en las historias de nuestra ciudad que todavía esperan ser contadas.

Y en las distintas maneras de conservarlas.

Unos, con la palabra.

Otros, con el color.

Mientras hojeamos los libros, vuelvo la mirada hacia José. Pienso en su trayectoria artística, reconocida dentro y fuera del país, y en algo que me ha impresionado especialmente: la sencillez con que habla de su vida y el cariño que conserva por la tierra donde nació.

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