EL ESPÍTU ATORMENTADO

PRIMER MOVIMIENTO: LA TRADICIÓN ORAL

Hay lugares donde el pasado nunca termina de marcharse.

La tradición oral conserva historias de personas que, después de morir, parecen permanecer en los lugares que frecuentaron. Sus apariciones, los sonidos que se les atribuyen y los testimonios de quienes aseguran haber sentido su presencia mantienen vivos sucesos que el tiempo no ha conseguido borrar.

LA LEYENDA

Esta es una leyenda que me la contó mi padre, Ángel Rueda Encalada, en 1990. Desde entonces, cada vez que paso cerca de ese lugar, no puedo evitar recordarla.

Se decía que en la piscina “El Neptuno” rondaba una presencia extraña que habitaba en los vestuarios, llenando de inquietud a quienes se atrevían a frecuentarlos. Algunos aseguraban que, mientras se cambiaban, podían escuchar cómo alguien nadaba en la piscina, aunque no hubiera un solo bañista en sus aguas. Las brazadas y el sonido del agua agitándose retumbaban en el silencio, creando una sensación de miedo. Otros decían haber sentido una presencia que los observaba desde las sombras, como si unos ojos invisibles les siguieran cada movimiento. Incluso había quienes afirmaban que, justo antes de ver unas figuras oscuras deslizarse por las paredes, sentían un escalofrío profundo que les recorría la espalda.

“El Neptuno” no siempre había sido un lugar de terror. En sus años de mayor esplendor, la piscina era un punto de encuentro para los habitantes de Otavalo. Durante el día, las familias acudían para disfrutar de la piscina, mientras que, por las noches, la verdadera fiesta se llevaba a cabo en la pista que se encontraba en la parte superior de la alberca. En una de esas veladas, en medio de la atmósfera de festejo, un joven, conocido tanto por su destreza en la natación como por su imprudencia, decidió lanzarse a la piscina para impresionar a sus amigos y, especialmente, a su enamorada, que lo observaba desde el borde. Había estado bebiendo por horas, lo que avivaba su temeridad. Sin pensarlo dos veces, se lanzó de cabeza a las aguas, buscando ganarse la admiración de todos con su audaz salto. Sin embargo, lo que empezó como un juego lleno de entusiasmo rápidamente se convirtió en tragedia. Las risas y la música se desvanecieron cuando el muchacho no salió del agua. Al principio, sus amigos pensaron que bromeaba, pero, al ver que no salía a la superficie, se lanzaron para rescatarlo. Desgraciadamente, cuando lo sacaron, ya era demasiado tarde: el muchacho había fallecido, ahogado por su imprudencia y los efectos del alcohol.

Con el paso de los años, “El Neptuno” volvió a recuperar su lugar como un sitio de diversión y encuentro social en Otavalo. Las familias regresaron para disfrutar de sus instalaciones y el bullicio de los bañistas llenó de nuevo el aire. Sin embargo, a pesar de la aparente normalidad, la gente nunca pudo olvidar la presencia de aquel joven nadador. No faltaba quien, al pasar por los vestuarios, sintiera un leve escalofrío o escuchara un extraño chapoteo en la piscina vacía. Era como si la historia del nadador siguiera viva, flotando entre el agua y el viento.

SEGUNDO MOVIMIENTO: EL CUENTO CONTEMPORÁNEO

El misterio también tiene espectadores.

La leyenda llega al presente, donde la búsqueda de seguidores convierte cualquier acontecimiento en espectáculo. Las apariencias adquieren más valor que los hechos y hasta un fantasma puede convertirse en una oportunidad de negocio.

EL FANTASMA NO DA ENTREVISTAS

Sebastián llevaba tres semanas intentando conseguir diez mil visualizaciones en sus redes sociales. Había grabado un supuesto ovni sobre el Imbabura, una sombra misteriosa en el cementerio y hasta una entrevista con una señora que aseguraba haber visto al diablo comprando pan.

Ninguno de sus videos había tenido éxito.

Cuando escuchó la historia del fantasma de la piscina «El Neptuno», decidió hacer una transmisión en directo. Llegó de noche, vestido completamente de negro, con una linterna y su celular.

—¡Buenas noches, amigos del misterio! Estamos frente a la legendaria piscina «El Neptuno», donde dicen que todavía se escucha nadar al espíritu de un joven que murió hace muchos años.

Consultó la pantalla. Tres espectadores.

—¡Espíritu de «El Neptuno»! ¡Danos una señal!

Esperó unos segundos. Nada.

Volvió a mirar el celular. Cinco espectadores.

Para crear más suspenso, apagó la linterna, levantó los brazos y comenzó a llamar al fantasma con voz tenebrosa.

En ese momento, tres muchachos pasaban por la calle.

—¡Miren! ¿Qué es eso? —preguntó uno, señalando hacia la piscina.

—¡El fantasma de «El Neptuno»! —exclamó otro.

—¡Pero ese fantasma era nadador!

—¡Y qué quieres, que ande en pantaloneta toda la eternidad!

Sebastián escuchó las voces, se volvió rápidamente y encendió la linterna, iluminándose el rostro desde abajo.

Los muchachos gritaron.

Él también.

Los tres salieron corriendo, mientras Sebastián se quedaba intentando recuperar la compostura. Cuando volvió a mirar el celular, descubrió que tenía once espectadores.

Ni siquiera había conseguido doce.

A la mañana siguiente, encontró su teléfono lleno de mensajes. Uno de los muchachos había grabado la escena y publicado el video con un título sensacional:

¡APARECE EL FANTASMA DE EL NEPTUNO!

Ochenta mil visualizaciones.

Sebastián estaba a punto de escribir un comentario para aclarar el malentendido cuando recibió un mensaje.

Buenas tardes. Estamos organizando una fiesta de Halloween. ¿Cuánto cobra por aparecer como fantasma?

Antes de que pudiera responder, llegó otro.

Necesitamos un fantasma para un cumpleaños sorpresa. ¿Tiene disponibilidad el sábado?

Y enseguida un tercero.

¿También hace apariciones en despedidas de soltero?

Sebastián volvió a mirar el video, leyó los comentarios y decidió que la aclaración podía esperar.

En pocos días tenía contratos para fiestas, cumpleaños y reuniones empresariales. Compró una máquina de humo, renovó sus linternas y comenzó a ensayar apariciones cada vez más espectaculares.

Las solicitudes continuaron llegando. Por primera vez tenía miles de seguidores, una agenda llena y dinero suficiente para dejar de buscar historias extraordinarias.

Una tarde, un periodista local consiguió su número.

—Buenas tardes. Queremos hacerle una entrevista. ¿Es verdad que usted es el fantasma de «El Neptuno»?

Sebastián miró su agenda. Tenía tres fiestas para el fin de semana y una aparición pendiente en la inauguración de un restaurante.

—Disculpe —respondió—, pero el fantasma no da entrevistas.

Y colgó.

TERCER MOVIMIENTO: LA SÁTIRA JUDICIAL

La leyenda se rebela contra sí misma.

EL FANTASMA PRESENTA UNA DEMANDA

 

UNIDAD JUDICIAL DE OTAVALO

Proceso: Usurpación de identidad fantasmal.

Demandante: El espíritu de «El Neptuno».

Demandado: Sebastián, creador de contenido digital.

ACTA DE AUDIENCIA

—¡Que pase el demandante! —ordenó el juez.

Una espesa niebla invadió la sala. Entre ella apareció un joven pálido, de cabello húmedo, que avanzó dejando pequeñas huellas de agua.

—¿Nombre completo? —preguntó el juez.

—Soy el espíritu atormentado de «El Neptuno».

—¿Motivo de la demanda?

—Ese hombre se hace pasar por mí. Cobra por aparecer en fiestas, cumpleaños y reuniones empresariales.

El juez se volvió hacia Sebastián.

—¿Es verdad?

—Sí, señor juez, pero yo no tengo la culpa de que me confundieran con él.

—¿Y por qué no aclaró el malentendido?

—Porque comenzaron a contratarme.

—Comprensible —murmuró el secretario.

—¡Silencio! —ordenó el juez—. Vamos a las pruebas. Señor espíritu, ¿puede demostrar que está muerto?

El joven atravesó lentamente la mesa. El secretario se persignó, mientras el juez observaba la escena con interés.

—Impresionante. Pero necesitamos su certificado de defunción.

—¡Acabo de atravesar una mesa!

—Eso no acredita su fallecimiento. Podría tratarse de un truco.

Sebastián aprovechó para presentar sus documentos.

—Yo tengo contratos, facturas y quince mil seguidores.

El juez examinó los papeles y, después de una breve deliberación consigo mismo, dictó sentencia.

RESOLUCIÓN JUDICIAL

Primero. Se reconoce a Sebastián como legítimo prestador de servicios fantasmales, por contar con actividad económica comprobada.

Segundo. Se concede al demandante treinta días para presentar su certificado de defunción.

Tercero. Hasta que regularice su situación, se prohíbe al espíritu realizar apariciones que perjudiquen la actividad comercial del demandado.

—¡Pero yo soy el verdadero fantasma! —protestó el joven.

—Precisamente por eso debe regularizar sus papeles —respondió el juez.

El espíritu se quedó pensativo.

—Entonces, ¿ya no puedo aparecerme en «El Neptuno»?

—Así lo dispone la sentencia.

—¿Ni siquiera para seguir nadando?

—Mucho menos si interfiere con los negocios del demandado.

El joven dejó escapar un largo suspiro de alivio. Después de tantos años, por fin podría descansar un poco. Se levantó y desapareció entre la niebla.

Aquella noche, por primera vez en muchos años, nadie escuchó brazadas en la piscina.

Sebastián, en cambio, recibió una llamada.

—Queremos contratarlo para inaugurar un campeonato de natación.

—¡Encantado!

—Tendrá que nadar cincuenta metros.

Sebastián guardó silencio.

—¿No les serviría una aparición con humo?

—No. Queremos al famoso nadador de «El Neptuno».

Sebastián colgó. Había conseguido el trabajo del fantasma, pero ahora tenía un problema: no sabía nadar.

Una misma leyenda ha recorrido tres caminos. El espíritu que durante años inquietó a los vivos terminó encontrando en la justicia una inesperada oportunidad para descansar. Quizá las historias también se cansen de repetir su destino y, de vez en cuando, encuentren la manera de cambiarlo.

Dorys Rueda, Tres movimientos de una leyenda, obra inédita.

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