LOS BRUJOS DE MIRA

PRIMER MOVIMIENTO: LA TRADICIÓN ORAL

El miedo sostiene el misterio.

La historia conserva la voz con la que ha viajado de generación en generación. Los acontecimientos extraordinarios forman parte de un mundo donde lo inexplicable se acepta, aunque despierte temor.

LOS BRUJOS DE MIRA

Esta historia la escuché desde niña de mi tío Pedro Rueda Encalada. Cada vez que nos visitaba, la contaba casi de la misma manera. Decía que no era un invento ni una de esas historias que la gente exagera, sino algo que le pasó a él mismo.

Fue en uno de esos viajes que hacía llevando mercadería para el lado del Carchi. Ya estaba anocheciendo cuando decidió parar en un albergue de Mira para comer algo caliente y descansar un poco.

La primera bruja con la que se encontró fue una muchacha que atendía allí. La joven mantenía una relación amorosa con otro hombre, a espaldas de su marido. En el momento en que este apareció de improviso, ella levantó apenas el dedo índice, de arriba hacia abajo, y el muchacho se convirtió en gallo delante de todos.

Mi tío se quedó mirando la escena sin saber qué pensar. La muchacha seguía sirviendo la comida a su esposo como si no hubiera ocurrido nada extraño hacía apenas unos minutos. Los dos conversaban de cualquier cosa; incluso se reían por momentos, mientras el gallo caminaba cerca de la mesa, intranquilo.

Cuando el hombre terminó de cenar, se levantó con rapidez. Comentó que todavía debía revisar el ganado y salió apresurado.

La puerta apenas se cerró cuando el ambiente cambió.

El gallo dejó de moverse y se quedó quieto en medio de la habitación. Después comenzó a transformarse lentamente. Las plumas desaparecieron, las patas se alargaron y, poco a poco, el cuerpo volvió a ser el de un hombre. Se acomodó la ropa con calma, mientras la joven ni siquiera lo miró.

Eso fue lo que terminó de asustar a mi tío, quien salió del albergue casi a toda prisa hasta encontrar una casa cercana donde pidió posada para pasar la noche.

Más tarde, ya acostado, intentó convencerse de que quizá el cansancio le había hecho ver cosas.

Tardó mucho en quedarse dormido.

Y cuando por fin lo consiguió, despertó de golpe en plena madrugada. Se levantó confundido y caminó hacia la ventana. Entonces vio algo que jamás olvidaría.

El pueblo de Mira estaba cubierto de fuego.

Las llamas se extendían por las calles, los techos y los árboles, iluminando el pueblo con una luz extraña. Pero lo raro era que no había humo, ni gritos ni destrucción. Simplemente, el fuego se movía lentamente sobre el pueblo, como si estuviera vivo.

Mi tío sintió un miedo profundo y, en ese preciso momento, recordó lo que había escuchado desde joven sobre Mira: que era tierra de brujos, que allí se hacían rituales y reuniones extrañas, cosas que la gente prefería no mencionar.

Esperó sentado hasta que amaneciera. Y cuando el sol empezó a salir, las llamas fueron desapareciendo poco a poco hasta que no quedó rastro de ellas.

Mi tío, entonces, tomó sus cosas y se marchó sin despedirse de nadie.

SEGUNDO MOVIMIENTO: CUENTO CONTEMPORÁNEO

El tiempo cambia, pero el poder permanece.

La leyenda entra en el presente. Sus personajes encuentran nuevos escenarios, conflictos y maneras de actuar. El misterio adquiere otros matices, mientras la historia conserva aquello que la hace reconocible.

 LA BRUJA DE MIRA

Han pasado muchos años desde entonces.

Y dicen que una bisnieta de aquella bruja vive ahora en Quito.

A diferencia de su antepasada, no está casada, aunque desde hace años convive con su novio en un departamento de la González Suárez, de esos edificios altos donde las luces de la ciudad parecen quedarse flotando sobre la neblina.

La joven trabaja en su bar llamado El Eclipse.

Abre hasta la madrugada.

Tiene sillones oscuros, una barra de mármol negro y suficientes botellas para alimentar conversaciones que al día siguiente nadie recuerda con claridad.

Allí suele reunirse gente importante.

Empresarios que hablan por varios teléfonos al mismo tiempo.

Políticos que prometen arreglar el país entre una copa y otra.

Y jueces que miran hacia ambos lados antes de entrar, como si alguien pudiera estar tomando lista.

La muchacha administra el lugar.

Se asegura de que todo funcione bien.

Que nadie espere demasiado.

Que los pedidos lleguen a tiempo.

Que los meseros no confundan un vino francés con uno que solo parece francés.

Casi nunca conversa con los clientes y cuando lo hace, suele ser suficiente una sonrisa para terminar la conversación.

Al menos con la mayoría.

Los insistentes son otra historia.

A esos los invita a la pequeña bodega donde guardan el licor.

Ellos entran felices.

Convencidos de que la noche acaba de mejorar.

Ella los escucha y los deja hablar.

Y cuando considera que ya dijeron bastante, levanta lentamente el dedo índice.

De arriba hacia abajo, como hizo su bisabuela.

Y ahí empiezan los problemas.

A los infieles los convierte en gallos grandes y escandalosos, incapaces de quedarse quietos cuando pasa una mujer.

A los corruptos los transforma en roedores gordos que pasan la noche husmeando debajo de las mesas, buscando qué pueden llevarse.

A ciertos políticos los convierte en loros, de esos que pasan horas repitiendo:

—¡El pueblo primero!

—¡Transparencia!

—¡Cambio verdadero!

Y a algunos jueces, bueno…

Dicen que los transforma en sapos, de esos que pasan el día quietos junto a las macetas y solo pegan un salto cuando aparece un sobre sospechosamente grueso.

Cuando el bar cierra y las últimas copas quedan vacías sobre las mesas, la muchacha hace su recorrido habitual.

Apaga algunas luces.

Revisa la caja.

Ordena el local.

Y vuelve a mover el dedo.

Despacio.

De arriba hacia abajo.

Los gallos recuperan las corbatas.

Los roedores vuelven a sus negocios.

Los loros regresan a la política.

Y los sapos vuelven a ser jueces respetables.

Todos despiertan confundidos y despeinados, con una sensación incómoda que nunca logran explicar del todo.

La historia comenzó a correr por la ciudad.

Primero la contaron los meseros.

Luego los guardias del edificio.

Después los taxistas.

Y finalmente media González Suárez.

Desde entonces, quienes visitan El Eclipse se comportan con una prudencia admirable.

Los políticos hablan menos.

Los jueces mantienen las manos visibles sobre la mesa.

Y más de un empresario, antes de pedir otra copa, mira discretamente los dedos de la muchacha.

TERCER MOVIMIENTO: EL TEATRO DEL ABSURDO

La leyenda se rebela contra sí misma.

Las reglas que siempre sostuvieron la historia comienzan a fallar. Los personajes contradicen su propio destino y lo que antes parecía inevitable se vuelve incierto. El absurdo nace de esa ruptura.

EL GALLO REBELDE

 Pieza breve de teatro del absurdo

Un albergue de Mira. Una mesa, tres sillas y una ventana. La Bruja recoge los platos. Un gallo pasea por la habitación.

BRUJA: Ya se fue mi marido. Puedes volver.

GALLO: No quiero.

BRUJA: ¿Cómo que no quieres?

GALLO: Estoy cansado de ser hombre.

BRUJA: ¡Pero eres mi amante!

GALLO: Y también tu gallo. Tengo dos trabajos y ningún sueldo.

La Bruja levanta el dedo índice.

BRUJA: ¡Vuelve!

GALLO: No.

BRUJA: ¡Te lo ordeno!

GALLO: Ya no estamos en esos tiempos.

La Bruja mueve el dedo varias veces.

GALLO: Vano intento.

Tres golpes en la puerta.

MARIDO: ¡Abre! Me olvidé algo.

BRUJA: ¿Qué cosa?

MARIDO: No me acuerdo.

BRUJA: Entonces vuelve cuando te acuerdes.

MARIDO: Si no entro, no me acordaré.

El Marido entra. Mira al gallo.

MARIDO: ¿Todavía está aquí?

GALLO: De aquí no me mueve nadie.

MARIDO: ¡Un gallo que habla!

BRUJA: Y que no quiere volver a ser hombre.

MARIDO: Pues déjalo. Al menos pondrá huevos.

GALLO: Los gallos no ponen huevos.

MARIDO: Entonces no sirve para nada.

GALLO: Como marido, tampoco pareces muy útil.

Una luz rojiza entra por la ventana.

BRUJA: ¡Mira!

MARIDO: Estoy mirando.

BRUJA: ¡Que mires Mira!

El pueblo está cubierto de llamas.

Un Testigo entra apresuradamente.

TESTIGO: ¡El pueblo se está quemando!

MARIDO: No se preocupe. Aquí el fuego no quema.

TESTIGO: ¡Eso es imposible!

GALLO: También lo es que yo esté hablando.

TESTIGO: ¡Voy a contar todo esto!

BRUJA: Nadie le va a creer.

TESTIGO: ¡Pero lo he visto!

GALLO: Entonces ya tiene suficiente para una leyenda.

La Bruja vuelve a levantar el dedo.

BRUJA: ¡Vuelve a ser hombre! ¡La noche tiene que terminar!

GALLO: Que termine sin mí.

El gallo se dirige a la puerta.

BRUJA: ¿A dónde vas?

GALLO: A vivir una historia donde no tenga que terminar desplumado.

Sale.

Las llamas desaparecen. Comienza a amanecer.

TESTIGO: ¡El pueblo dejó de arder!

MARIDO: Como todas las mañanas.

BRUJA: Pero el gallo no volvió.

MARIDO: Mejor. Ya estaba cansado de comer con él.

El Marido y el Testigo salen.

La Bruja queda sola. Levanta el dedo y lo mueve de arriba hacia abajo.

No ocurre nada.

Se escucha un cacareo lejano.

BRUJA: ¿Eres tú?

Responden decenas de gallos.

La Bruja observa su dedo. Lo levanta, duda y vuelve a bajarlo.

BRUJA: ¡Ahora resulta que todos quieren seguir siendo gallos!

Se escucha un último cacareo. La Bruja cierra la ventana. Cae el telón.

Una misma historia ha recorrido tres caminos. En cada uno ha cambiado algo más que su manera de contarse. Y quizá ahí esté la riqueza de la literatura: en descubrir que incluso las historias más conocidas todavía tienen algo inesperado que ofrecernos.

Dorys Rueda, Juguemos con los géneros, obra inédita. 

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