Vive sola en un brezal al norte.
Ella vive sola.
La primavera se abre como una cuchilla allí.

Yo viajo en trenes todo el día y llevo muchos libros –
unos para mi madre, algunos para mí
que incluyen Las obras completas de Emily Brontë.
Es mi autora favorita.

También mi principal temor, al que trato de enfrentarme.
Cada vez que visito a mi madre
siento que me convierto en Emily Brontë,
mi vida solitaria a mi alrededor como un páramo,
mi torpe cuerpo recortándose sobre los barrizales con una apariencia de transformación
que muere cuando atravieso la puerta de la cocina.

¿Qué cuerpo es ese, Emily, que nosotras necesitamos?

Anne Carson, 1950.

Cada poema guarda algo que nos detiene: una palabra, una imagen, un giro, una metáfora, un silencio, una pregunta.

A veces, simplemente, un verso que seguimos pensando después de terminar la lectura.

En este poema de Anne Carson me detuvo una contradicción.

Emily Brontë es su escritora favorita.
También su principal temor.

Admiración y miedo.
Dos sentimientos que conviven sin explicarse del todo.

Cada vez que visita a su madre, Carson siente que se convierte en Emily. Su soledad se extiende como un páramo y su «torpe cuerpo» adquiere una apariencia de transformación.

Hasta que atraviesa la puerta de la cocina.

Allí termina.

Pero el poema continúa:

«¿Qué cuerpo es ese, Emily, que nosotras necesitamos?».

Me detiene ese «nosotras».

Una escritora que vivió en otro siglo.
Una mujer que se reconoce en ella.
Y un cuerpo que ninguna de las dos llega a definir.

Carson no pregunta cómo convertirse en Emily Brontë. La llama por su nombre y la incluye en una inquietud que atraviesa el tiempo.

Un cuerpo que se habita.
Otro que se necesita.

Y entre ambos, algo que todavía no encuentra su forma.

Dorys Rueda

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