Después de mucho tiempo sin vernos, recibí un mensaje suyo. Quería que nos encontráramos en la cafetería del antiguo hotel del aeropuerto.

Acepté encantado.

Llegué unos minutos antes. Elegí una mesa desde la que pudiera verla entrar y me dispuse a esperar.

Apareció hermosa.

La misma sonrisa. Esa manera de mirar que siempre me había inquietado.

Nos abrazamos con fuerza, como si quisiéramos recuperar en unos segundos todo el tiempo que llevábamos sin encontrarnos.

Nos sentamos y pedimos café.

Hablamos de nuestras vidas, de los años transcurridos, de cualquier cosa. Yo estaba tan feliz de tenerla enfrente que por momentos olvidaba lo que estaba diciendo.

De vez en cuando, nuestras miradas se detenían en los labios del otro.

En algún momento, ella se levantó.

—Voy un momento al tocador.

Asentí.

La vi dirigirse hacia el mostrador de la cafetería y desaparecer detrás de él.

Regresó al poco tiempo.

Se sentó, me miró unos segundos y tomó mi mano.

—Venga acá. Ya no aguanto más.

Antes de que pudiera preguntarle qué ocurría, me levantó de un tirón.

—¡Vamos!

Y allá fui, prácticamente a remolque, sin saber adónde me llevaba ni por qué teníamos tanta prisa.

Pasamos detrás del mostrador y llegamos hasta el baño. Abrió la puerta, me hizo entrar y, sin darme tiempo a reaccionar, me besó.

Larga y apasionadamente.

No sé cuánto tiempo estuvimos allí. Solo recuerdo que, cuando finalmente nos separamos, ella se arregló el cabello, entreabrió la puerta y miró hacia el pasillo.

—Vamos. No hay nadie.

—¿Cómo lo sabes?

—Ya lo comprobé.

La miré sorprendido.

—¿Cuándo?

—Cuando fui al tocador. Hice un reconocimiento del lugar.

—¿Un reconocimiento?

—Claro. Revisé la entrada, el pasillo, quién podía vernos desde las mesas y cuánta gente circulaba por aquí. Hasta calculé cuánto tardaríamos en llegar.

La miré sin saber qué decir.

—Había que evitar testigos —añadió, muy seria.

Regresamos a la mesa.

Ella tomó su café como si nada hubiera ocurrido. Yo todavía intentaba recuperar el aliento.

Nos despedimos con un abrazo y regresamos a nuestras vidas.

Ella, con él.

Yo, con ella.

Han pasado los años.

De vez en cuando, generalmente a medianoche, aparece un mensaje en WhatsApp.

—Aún siento tus labios y tus manos.

Dorys Rueda, Historias que me contaron, obra inédita.

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