Tenía marido, tenía dinero y se movía en una posición social privilegiada.

También me tenía a mí.

Yo era su enamorado, si a aquello se lo podía llamar así.

Decía que me amaba mucho.

Yo le creía.

Hasta que me quedé sin trabajo.

Llevaba tres meses sin conseguir empleo y el dinero empezaba a escasear.

Fue entonces cuando recurrí a ella.

Le pedí mil dólares prestados.

No regalados.

Prestados.

Para ella, aquella cantidad era casi insignificante. Para mí, en ese momento, podía resolver muchas cosas.

Me miró detenidamente.

Esperé.

Por un instante pensé que estaba calculando cuándo podría prestármelos.

Me equivoqué.

Estaba a punto de darme una lección.

—Es mejor no mezclar el amor con el dinero —me dijo.

No respondí.

La frase era impecable.

El momento elegido para pronunciarla, también.

Hasta entonces nuestra relación había conseguido convivir sin mayores conflictos con un marido.

El dinero, en cambio, exigía ciertos principios.

Mirándolo bien, ella tenía razón.

Había cosas que era mejor mantener separadas.

Solo que su manera de establecer las fronteras me resultaba un poco difícil de entender.

Su marido no había sido un problema.

Yo tampoco.

Mil dólares sí.

Dorys Rueda, Historias que me contaron, obra inédita.

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