
Versión del accidente del bus
El bus avanzaba por la carretera hacia Cotacachi.
Regresaba con un grupo de turistas que había recorrido la zona. Algunos conversaban; otros miraban por las ventanas el paisaje que comenzaba a perderse con la llegada de la noche.
Entre los pasajeros viajaba una joven extranjera. Era alta, de cabello largo y rubio, y llevaba un vestido blanco que le llegaba hasta los tobillos.
Al acercarse al sector de la Virgen, entre Pinsaquí y Cotacachi, el conductor disminuyó la velocidad.
Conocía bien aquel tramo.
La carretera tenía una curva pronunciada y debía tomarla con cuidado.
De pronto, perdió el control.
Intentó recuperar la dirección, pero ya era tarde. El bus se salió de la vía.
Después solo se escucharon gritos, golpes y vidrios que se rompían.
Cuando llegaron a auxiliarlos, comenzaron a sacar a los pasajeros.
Uno por uno.
Había heridos y muertos.
Más tarde hicieron el recuento.
Faltaba una persona.
Era la joven extranjera.
La buscaron alrededor del vehículo y entre la vegetación cercana.
Nada.
Continuaron buscando durante horas, pero la muchacha había desaparecido.
Pasaron los días.
Su cuerpo nunca apareció.
Durante algún tiempo, el accidente fue tema de conversación entre los habitantes de la zona. Se hablaba de los heridos, de quienes habían muerto y, sobre todo, de la misteriosa desaparición de la joven extranjera.
Algunos se preguntaban qué podía haber ocurrido con ella. Otros recordaban las búsquedas y aseguraban que era imposible que hubiera desaparecido sin dejar rastro.
Pasaron las semanas.
Poco a poco dejaron de hacerse preguntas. El accidente comenzó a quedar atrás y se habló cada vez menos de él.
Hasta que una noche, alguien volvió a verla.
Un conductor joven regresaba solo por la carretera hacia Cotacachi.
Al aproximarse al sector de la Virgen, redujo la velocidad para tomar la curva.
No había otros vehículos.
De pronto sintió una presencia extraña dentro del automóvil.
Miró el retrovisor.
Lo que vio lo dejó sin palabras.
Una mujer estaba sentada en el asiento posterior.
Llevaba un vestido blanco. Su cabello largo y rubio estaba mojado, al igual que la ropa.
El conductor apretó el volante.
No se había detenido.
Ninguna puerta se había abierto.
Volvió a mirar el espejo.
La mujer seguía allí.
Lo estaba mirando.
Entonces perdió el control del vehículo, pero consiguió detenerse a un costado de la carretera.
Permaneció inmóvil unos segundos.
Después volvió los ojos hacia el retrovisor.
El asiento estaba vacío.
No se atrevió a bajar.
Arrancó y continuó hacia Cotacachi.
Cuando contó lo sucedido, otros conductores dijeron haber visto a una mujer extranjera en aquel mismo tramo.
Unos la habían encontrado caminando sola al borde de la carretera.
Otros aseguraban que aparecía de pronto dentro de sus vehículos.
Siempre de noche.
Siempre cerca de la curva.
Los relatos eran distintos.
La mujer parecía ser la misma.
Con los años, ya nadie necesitó explicar de quién hablaban.
Era la extranjera cuyo cuerpo nunca habían encontrado después del accidente.
La llamaban la Gringa de Cotacachi.
Y todavía hay conductores que, al acercarse de noche a aquella curva, disminuyen la velocidad.
No para recogerla.
Para asegurarse de que no esté allí.
Dorys Rueda, Leyendas, historias y casos de mi tierra Ecuador, Volumen II.
