—No salgas. Ya está oscuro.

A veces la frase bastaba. Otras veces venía acompañada de una historia.

Alguien había visto una luz extraña aparecer en el camino. En ciertos lugares junto al agua, una voz podía atraer a quien se acercara demasiado. Y había puentes que, después de determinada hora, era mejor no cruzar solo.

No necesitábamos saber mucho más.

La imaginación hacía lo suyo.

Entonces la noche cambiaba.

Una luz a lo lejos dejaba de ser simplemente una luz. El rumor del agua podía hacernos detener y un puente que durante el día cruzábamos sin pensarlo, al caer la noche nos hacía apurar el paso.

Mucho.

Después supimos que aquellas presencias tenían nombres.

El Carbunco.

La sirena.

La bruja.

Pero para entonces ya habíamos aprendido otras cosas: a desconfiar de ciertas luces, a no acercarnos demasiado al agua, a evitar algunos caminos y a saber cuándo era hora de volver a casa.

Con los años dejamos de creer en muchas de aquellas historias.

Las luces volvieron a ser luces. Cruzamos los puentes sin pensar demasiado y el sonido del agua dejó de esconder voces.

Creímos también que habíamos dejado atrás aquellos miedos.

Hasta que una noche caminamos solos y escuchamos unos pasos detrás.

Apuramos el paso.

Ya no pensamos en el Carbunco, en la sirena ni en la bruja.

Pensamos en llegar.

Tal vez por eso ahora somos nosotros quienes decimos:

—Avísame cuando llegues.

—No regreses solo.

—Mándame un mensaje.

Se lo decimos a quienes queremos y después, aunque continuemos haciendo cualquier otra cosa, miramos de vez en cuando el teléfono.

Hasta que llega el mensaje.

Ya llegué.

Y respiramos.

Otra noche alguien sale de casa.

Lo vemos alejarse. Afuera ya está oscuro.

Antes de cerrar la puerta decimos:

—No te demores.

Cerramos.

Y solo entonces nos damos cuenta de que alguien nos decía lo mismo hace muchos años.

Dorys Rueda, Reflexiones, Volumen III, obra inédita.

error: Content is protected !!