
Mi nombre es Beto.
Aunque antes de llamarme así fui simplemente uno de cinco cachorros dorados que dormíamos junto a nuestra madre, sin sospechar que dos mujeres estaban a punto de decidir nuestro futuro.
Yo llegué a esa casa porque había muerto Daisy.
Entonces no sabía quién era Daisy. Supe después que había acompañado a mi humana durante doce años y que, cuando murió, dejó el primer piso demasiado silencioso.
Mi humana lloraba.
Mi futura tía también.
Y mi futuro tío, que vivía con su familia en el segundo piso, decidió que ya era suficiente de mujeres llorando por toda la casa.
Encontró un anuncio en el periódico.
Y un día llegaron ellas.
Nos miraron a los cinco.
Mi futura tía escogió a uno y lo llamó Joao.
Mi humana me escogió a mí.
—Tú serás Beto.
Los humanos creen que son ellos quienes escogen.
No quise discutir tan pronto.
Joao se fue al segundo piso y yo al primero. Éramos tan parecidos que al principio costaba distinguirnos: dorados, de orejas largas, pestañas rizadas y con esa expresión inocente que tan buenos resultados nos daría después.
Pronto me convertí en el rey del departamento.
Un rey bastante activo.
Rompí varias lámparas de la sala.
No todas el mismo día.
Mi humana trabajaba como profesora en un colegio y estudiaba en la universidad. Yo también tenía una ocupación: esperarla.
Desde el sillón de la sala podía mirar hacia afuera. A la hora en que calculaba su regreso, me instalaba allí hasta verla aparecer.
Nunca necesité reloj.
Cuando entraba, mi jornada laboral terminaba.
También sabía cuándo estaba triste. Me acercaba, levantaba las patas y la abrazaba como podía. Después le hacía entender que debía subirme a su cama.
Ella preparaba clases.
Yo dormía.
Cada uno aportaba según sus capacidades.
Joao y yo seguíamos encontrándonos entre el primero y el segundo piso. Éramos hermanos, vecinos y cómplices. Una combinación bastante conveniente.
La vida transcurría así hasta que, un día de 2000, sentí que algo no estaba bien.
Me inquieté antes de que comenzara.
Luego la tierra se movió.
Mi humana sabría después que había sido un terremoto. Yo solo sabía que aquello era extraño y que debía permanecer junto a ella.
Me prendí de su vientre y no quise moverme.
Tal vez pensó que yo buscaba protección.
Puede ser.
Pero tampoco pensaba dejarla sola.
Pasado el susto, regresé a mis actividades habituales.
Y entonces me comí una pepa de mango.
No tengo defensa.
La decisión terminó en una cirugía.
Mi humana lloraba por mí y también por la cuenta del veterinario.
Era 2001.
Yo salí bien de la operación.
Su bolsillo necesitó más tiempo para recuperarse.
Después de aquello habría sido razonable convertirme en un perro prudente.
No ocurrió.
Los años siguieron pasando.
Cuando llegué, mi humana vivía sola, trabajaba, estudiaba y llevaba una vida independiente. Durante trece años fui el hombre de la casa.
Entonces apareció otro.
Lo observé con atención.
Había que establecer ciertos límites.
Después se casaron.
Por fortuna, el recién llegado comprendió rápidamente cómo funcionaban las jerarquías del departamento.
Yo venía incluido.
Y no tardó en mimarme tanto como ella.
Decidí aceptarlo.
A los quince años empecé a envejecer de verdad.
Primero perdí la vista. Después mis patas comenzaron a fallarme.
Ya no podía subir al sillón desde donde durante tantos años la había esperado. Tampoco podía caminar.
Pero todavía reconocía sus voces, sus pasos, sus manos.
Hasta que llegó aquella noche.
Ellos sabían que yo estaba sufriendo.
Él me tomó en brazos.
Ella se quedó junto a mí.
Y me dormí.
No sé cuánto lloraron.
Solo sé que cada día volvían del trabajo con la esperanza de encontrarme allí, en casa.
Dorys Rueda, La vida desde sus ojos, obra inédita.
