ENTREVISTA CON JORGE AMPUERO VACACELA

Donde la palabra germina

En Naranjal la tierra no es solo paisaje: es memoria viva.

No es únicamente verde extendido bajo el sol; es una historia que se respira en el aire húmedo y en los ríos que avanzan sin prisa.

Allí nació, el 12 de enero de 1970, Jorge Ampuero Vacacela. Antes de ser periodista, antes de habitar redacciones y crónicas culturales, fue un niño atento a la lluvia y al silencio de su casa. Mientras me habla, imagino ese patio, esa infancia, esa primera mirada detenida.

Hoy, dedicado también a la agricultura, habla de la poesía como quien habla de un gesto natural: sembrar, esperar, escuchar. Y yo percibo que no hay distancia entre el campo y la palabra. Ambos exigen paciencia.

Conversar con él me deja la sensación de que la poesía no llegó como una decisión consciente, sino como una raíz que ya estaba allí, esperando su tiempo.

—Al llegar a Guayaquil y formarse como periodista, ¿en qué momento descubrió que la palabra podía ser algo más que información y convertirse en una forma de sensibilidad y de mirada sobre la vida?

No responde de inmediato. Se toma un instante, ordena sus pensamientos y luego dice:

—Creo que más o menos a los 12 años, mucho antes de ser periodista, ya sentía la necesidad de escribir y tratar de interpretar los mensajes que la naturaleza me daba a diario, desde la lluvia que formaba charcos en el patio de mi casa en el suburbio, hasta el simple hecho de ver a mi abuelita quedarse dormida mientras pelaba las papas para el almuerzo. Es como tener el alma predispuesta para comprender que la palabra trasciende la realidad inmediata que nos rodea, esa que para muchos no es más que simple cotidianidad.

Mientras lo escucho, comprendo que su primera escuela no fue la universidad, sino la contemplación. Todo empezó allí, en esa mirada que sabe detenerse.

—En Expreso pasó de corrector de pruebas a cronista cultural. ¿Qué le enseñó ese tránsito —silencioso pero decisivo— sobre el rigor, la paciencia y la ética del lenguaje?

Habla con gratitud, sin exageraciones ni énfasis innecesarios.

—Diario Expreso fue mi primera escuela, en realidad allí descubrí mucho más de lo que pudieran haberme enseñado en la universidad. El contacto con la realidad, más allá de los libros y los conceptos, va configurando una vivencia distinta dentro de nosotros. De igual manera, la relación con verdaderos maestros del lenguaje como Jorge Vivanco Mendieta, quien siempre me decía “usted lo que debe ser es poeta”; Fernando Artieda, ese juglar porteño que hizo de la poesía un instrumento de comunicación popular, al alcance de todos, y así muchos otros compañeros que me fueron enseñando las reglas de este oficio que, como usted dice, demanda rigor, paciencia y mucha ética.

Mientras lo escucho, entiendo que lo que allí aprendió no se limitó al oficio. Fue, ante todo, una formación humana.

Y en su manera de recordar a sus maestros hay algo que me conmueve: la certeza de que nadie escribe solo. Que toda palabra tiene detrás otras voces que la sostienen.

—La poesía llegó a usted a través de los libros de su padre y de su abuelito, ambos llamados Jorge. ¿Cómo influyó esa herencia familiar en la construcción de su voz poética y en su relación temprana con la palabra escrita?

Aquí la memoria se vuelve más íntima.

—En realidad mucho. Mi abuelo era un gran lector de Juan de Dios Peza, Olegario Andrade, Amado Nervo y tuve el privilegio de alcanzar un cuaderno suyo con decenas de poemas escritos a mano de estos y otros autores. El primer contacto con esas lecturas me abrió los ojos a la poesía, no tanto como una señal de lo que vendría después, sino más bien como una sana costumbre de leer.

Con mi padre fue otra cosa. Él fue actor de teatro, perteneció al grupo Las Máscaras, dirigido por Felipe Navarro, en los años 60 del siglo pasado. Recuerdo que, gracias a este pasado, en algunas ocasiones se levantaba y, de un momento a otro, declamaba poemas de Medardo Ángel Silva, Blanco Belmonte, José Asunción Silva y algunos otros.

Supongo, no podría definirlo exactamente, que algo o mucho, de ambos, mi abuelo y mi padre, fue germinando en mi identidad poética.

Hay herencias que no se anuncian: se filtran lentamente. En Jorge Ampuero Vacacela, la poesía no irrumpió; germinó. Y yo, al escucharlo, confirmo que las raíces invisibles son las que sostienen el árbol.

—En su poesía, ¿qué pesa más con el paso del tiempo: la imagen, el ritmo, el silencio o la experiencia vivida? ¿Ha cambiado su manera de entender el poema a lo largo de los años?

Se queda unos segundos en silencio, como escuchándose por dentro, y después responde:

—Yo creo que todo autor evoluciona en cuanto a la forma de entender la poesía. Según he leído, un gigante como Borges desdeñaba sus poemas de juventud, quizás porque lo que antes le parecía bien hecho, después ya no. Lo que sí puedo señalar es que nunca me gustó la poesía hermética, inextricable, confusa, no apta para cualquiera. […] Estoy convencido de que la palabra, con sus infinitos usos, siempre debe propender al conocimiento, a la reflexión, al mensaje.

No hay estridencia en su postura. Hay claridad. La poesía, para él, debe ser puente y no muro.

—Más allá de influencias y lecturas, ¿qué le exige hoy a un poema para darlo por terminado —o para abandonarlo— y qué le sigue sorprendiendo todavía de la escritura poética?

Se recoge un instante en sí mismo antes de responder:

—Aunque parezca extraño lo que voy a decir, hay poemas que nunca pueden darse por terminados. Siempre hay algo que se queda, siempre hay algo que no se puede decir, que va más allá de las palabras… ¿Cómo lo detectamos? Pues al cambiarnos de sitio, ya no somos creadores sino lectores…

Hay en sus palabras una honestidad que conmueve. El poema no se cierra: se desprende.

Jorge Ampuero Vacacela y su familia

—Actualmente, dedicado a la agricultura, ha dicho que escribe para “interpretar la vida sin que haya muertos ni heridos”. Desde este presente más cercano a la tierra, ¿qué lugar ocupa hoy la poesía en su vida cotidiana y en su forma de comprender el mundo?

Su voz desciende y se vuelve más serena.

—La poesía siempre está cerca de mí, y más si la realidad que me circunda tiene que ver con pájaros, ríos, árboles, campesinos, amaneceres lluviosos, una taza de café, el propio viento frío que baja de la serranía azuaya al atardecer. Además, mis libros están allí, siempre, al alcance del alma y de mis manos. Como dije alguna vez, tengo un poeta para cada exigencia de mi cuerpo.

Lo escucho y entiendo que no ha dejado la poesía: la ha llevado consigo al campo.

La tierra y la palabra no se contradicen. Ambas requieren paciencia. Ambas exigen silencio.

Nos despedimos sin solemnidad. No hacen falta grandes frases finales. Afuera, el día continúa con la naturalidad de quien no necesita explicarse.

Mientras regreso, pienso que Jorge Ampuero Vacacela escribe como quien cultiva: en silencio, sin imponerse, confiando en que lo sembrado germinará cuando le llegue su estación.

Pienso también que quizá la poesía no sea otra cosa que eso: una forma paciente de interpretar la vida sin herirla.

Y en esa interpretación —callada, persistente— reconozco la belleza de lo que permanece.

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