ENTREVISTA CON MARTHA ROJAS FLOR

Navidad: Volver ala luz que no se apaga

Hablar con Martha Rojas Flor (Guayaquil, 1947) es entrar en una habitación donde la serenidad adquiere contornos propios. Hay en ella una calma que no es pasividad, sino lucidez; y una alegría que no hace ruido, pero ilumina.

Licenciada en Letras y Literatura por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador —donde tuve la fortuna de conocerla en 1984— ha dejado una huella profunda en la educación del país. Fue rectora del Colegio Los Pinos durante doce años y formadora en el Colegio Delta, en Guayaquil, acompañando a profesoras y madres de familia en retiros, espacios de formación y conversaciones personales donde la palabra se volvía guía, refugio y horizonte.

Hija del gran escritor Ángel Felicísimo Rojas, Martha lleva en la voz una mezcla de firmeza y sensibilidad que parece provenir de una tradición literaria vivida desde dentro. En su manera de hablar se adivina no solo la huella del padre escritor, sino también su propia formación cultural y artística: una mirada educada en el rigor de la palabra, en la belleza de las artes y en la finura espiritual de quien sabe escuchar el mundo con atención y delicadeza.

Me dirijo a su casa en una tarde en que la lluvia amenaza con descolgarse sobre los cielos de Quito. Vive en el centro-norte de la ciudad, entre avenidas modernas; allí se alza la residencia universitaria “Tulpa”, donde Martha dirige la administración.

Al entrar, nos saludamos con un afecto que recoge no solo los años compartidos en la licenciatura y el doctorado de Letras en la PUCE, sino también aquellos días en que trabajamos juntas en el Colegio Los Pinos. Con una sonrisa cómplice, Martha me advierte: “Solo porque eras tú acepté; ya sabes que no me gusta dar entrevistas”.

Caminamos hacia una pequeña sala junto a la entrada, un espacio cálido, casi íntimo, que parece hecho para el recogimiento y la conversación serena.

Mientras conversamos, la tarde nos conduce naturalmente al tema de diciembre. Le pregunto cómo, en una época en la que la Navidad suele quedar atrapada en lo urgente y lo superficial, podemos volver a vivirla en su verdadera dimensión: esa que invita al silencio, a la gratitud y al encuentro interior.

Martha respira con calma, como quien vuelve a un recuerdo que aún arde.

—La Navidad es la conmemoración del nacimiento de Cristo, que viene a salvarnos. Es un hecho tan apoteósicamente grande que a veces nos cuesta ahondar en él. Es verdad que podemos quedarnos en lo superficial: en las luces, los bombillos, la música de fondo en los centros comerciales. Pero incluso eso tiene un porqué. Detrás de cada luz, detrás de cada villancico, late la celebración de que Dios vino a la tierra.

Hace una pausa y su mirada se vuelve suave.

Martha Rojas (primera a la izquierda) con sus compañeras docentes del Colegio Los Pinos.

—Aunque muchos no sepan por qué se sienten más alegres o sensibles en estos días, es Cristo quien quiere hacerse presente. La magia de la Navidad es esa: la alegría interior que late en los corazones. La gente se vuelve más predispuesta a perdonar, a compartir, a mirar a los demás con benevolencia. Esa sensibilidad es una oportunidad para acercar a otros a Dios, para recordarles el porqué de todo esto.

La escucho y pienso que, para Martha, la fe no es un concepto: es un modo de mirar el mundo. Hay en ella una claridad que invita a profundizar, y por eso le pido que, desde su larga experiencia formando a tantas jóvenes y señoras, comparta qué gestos o actitudes podrían ayudarnos hoy a reencontrarnos con el verdadero sentido de la Navidad.

Martha asiente con delicadeza, como quien reconoce en esa pregunta un llamado oportuno.

—El ser humano necesita profundidad —dice—. Ante una imagen del pesebre, ante María, José y el Niño, siempre hay algo que mejorar en nuestra vida. Los padres, los educadores, las personas que han pensado un poco más en su fe, tenemos una tarea preciosa: hacer presente este misterio en nuestro entorno.

Se queda un instante en silencio y luego sonríe con un gesto que ilumina su rostro.

—En cada familia hay pesebres, árboles, reuniones, villancicos. Aprovechemos eso para conversar, para leer juntos el Evangelio del nacimiento, para hacer una novena donde cada uno se comprometa con un gesto: perdonar, servir, ser más pacientes. Son detalles pequeños, pero allí se atisba lo sobrenatural.

Sus palabras quedan flotando en el aire como una invitación íntima. Aprovecho ese tono para preguntarle cómo ha cambiado para ella la vivencia de la Navidad a lo largo de los años: qué ha permanecido intacto y qué ha adquirido un significado más hondo con el tiempo.

Martha baja ligeramente la mirada, como si buscara en el pasado un brillo que sigue vivo.

—Vengo de una familia no practicante, aunque siempre respetuosa de la fe —recuerda—. Mi verdadera formación espiritual llegó en España, donde descubrí el amor de Dios. Al volver a Ecuador y participar en un retiro del Opus Dei, sentí que debía responderle con mi vida entera.

Su voz se vuelve cálida.

—Ingresé al Opus Dei a los 19 años y estoy por cumplir 60 años en esta vocación. He sido enormemente feliz. En los momentos difíciles he sentido la mano misericordiosa de Dios con mis padres y hermanos. Él no se deja ganar en generosidad.

Respira hondo, como quien recoge un regalo interior.

—Por eso la Navidad, para mí, es un tiempo para mirar atrás y decir “gracias”: por lo vivido, por lo aprendido, por lo sostenido.

Con esa claridad aún resonando en la sala, la invito a reflexionar sobre otra arista de estas fechas y le pregunto qué nos enseña la Navidad sobre el arte de cuidar y dejarnos cuidar.

Martha levanta la mirada con una dulzura que conmueve.

—La Navidad despierta algo especial en las personas. Todos estamos un poco más sensibles, más dispuestos a compartir, más abiertos a perdonar. Eso ya es una enseñanza.

Sus manos se entrelazan suavemente sobre su regazo.

—Cristo viene como un niño para que lo acojamos, pero también para recordarnos que debemos acoger a los demás: a quienes sufren, a quienes están solos, a quienes necesitan cariño o reconciliación. Y también nos enseña a dejarnos cuidar. A reconocer que no podemos todo, que necesitamos de otros, que la familia —la de sangre y la del corazón— es un regalo que hay que custodiar.

La tarde avanza y, para cerrar, la invito a imaginar una carta al Niño Jesús, escrita desde su vida, su fe y su camino de servicio.

Martha sonríe y, en esa sonrisa, hay gratitud, nostalgia y un amor que no se oculta.

—“Primero le agradecería: la vida, mi vocación, mis padres, mi familia… tantas cosas. Luego le rogaría la paz del mundo y la paz de nuestros corazones; que en Ecuador recuperemos la acogida que siempre nos ha caracterizado. Y finalmente le pediría que nos conceda sembrar, como enseñaba San Josemaría, paz y alegría en nuestro entorno”.

Su voz se suaviza aún más.

—Y también le pediría perdón, porque quizá, habiendo recibido tanto, pude haber hecho mucho más.

La conversación llega a su fin y, como si quisiera prolongar la luz que ha encendido con sus palabras, Martha me invita a acompañarla a la capilla de la residencia. No lo dice con solemnidad, sino con la naturalidad de quien señala un lugar querido. “Vamos a saludar al Señor Jesús”, me dice.

Allí, frente a la pequeña lámpara encendida, comprendo que en su vida la fe no ocupa un espacio: lo habita todo.

Al salir, me propone tomar un café en la sala contigua. La tarde ha cedido su luz y una llovizna suave comienza a envolver la ciudad. Compartimos unos momentos junto a algunas de las jóvenes que viven en la residencia, en un ambiente cálido y sereno, donde las palabras circulan sin prisa y la vida cotidiana adquiere el aire sencillo de un hogar compartido.

Llega el momento de despedirnos y siento que este encuentro con Martha me deja algo más que respuestas: una enseñanza silenciosa. La Navidad —vista desde su mirada— no es un calendario, ni un rito, ni un adorno: es una manera de mirar el mundo. Un gesto de gratitud. Una forma de cuidar. Una invitación a reconocer la luz que vuelve, que insiste, que nunca se apaga.

Y comprendo, mientras camino, que hay personas cuya sola voz es capaz de recordarnos que lo esencial permanece ahí, intacto, esperando siempre ser mirado con el corazón.

 

 

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