Por Dorys Rueda
Conversación con Rubén Darío Buitrón
sobre el libro VRI: 31 sentidos y un mito

Hay libros que nacen de la escritura. Otros comienzan en la lectura.
VRI: 31 sentidos y un mito nació del encuentro entre ambas.
Primero estuvieron los poemas de Rubén Darío Buitrón. Después llegó mi lectura: una búsqueda entre palabras, imágenes, símbolos y emociones que regresaban de un texto a otro.
Así nació VRI: 31 sentidos y un mito, publicado el 15 de abril de 2026 como obra digital y gratuita en elmundodelareflexion.com. El libro reúne 31 poemas y distintas posibilidades de lectura. Supera ya las 800 descargas y próximamente tendrá una versión impresa.
Cuando el libro había tomado forma y Vri tenía una arquitectura, todavía me quedaban preguntas que esta vez no quise hacérselas a los poemas, sino al poeta.
—Rubén Darío, Vri no nace de la nada. ¿Podríamos decir que en su origen están las mujeres que usted conoció, amó, admiró, recordó o simplemente vio pasar?
—Sí. La poesía nunca nace de la nada. Hay mujeres que uno conoce, ama, admira, recuerda; otras que simplemente pasan por nuestra vida y dejan algo: una mirada, una manera de hablar, una presencia. Todo eso puede entrar en un poema. Pero entra como realidad y sale convertido en otra cosa.
—¿Qué ocurre con esa mujer real cuando empieza a convertirse en poema?
—Al principio puede quedar una imagen bastante clara, un gesto, una emoción, una palabra o una ausencia. Pero mientras escribo, esa referencia empieza a transformarse. Llega un momento en que dejo de mirar hacia la realidad que originó el poema y empiezo a mirar lo que está ocurriendo dentro del propio poema.
Mi recorrido comenzó en los poemas y allí encontré distintas Vri.
—¿Cada una fue encontrando entonces su propia manera de ser dentro del poema?
—Sí. No todas las Vri son iguales. Cada una va encontrando su perfil. Una puede ser cercana; otra, distante. Una puede estar hecha de memoria; otra, de ausencia. Otra puede existir apenas en una mirada. Aunque todas lleven el nombre de Vri, cada poema le da una manera particular de existir.
Al leerlas hice, de alguna manera, el recorrido contrario.
Mientras en los poemas cada Vri iba adquiriendo sus propios rasgos, en mi lectura esos rasgos empezaron a encontrarse.
Una aportaba un gesto.
Otra, una ausencia.
Otra, una manera de mirar.
Sus diferencias parecían dibujar una figura mayor.
Y entre todas comenzaba a aparecer Vri.
Una Vri posible.
Allí percibí su potencial como personaje literario.
—Rubén Darío, mientras usted escribía, las distintas Vri iban adquiriendo individualidad. Yo, al leerlas, empecé a reunirlas hasta percibir un personaje. ¿Qué le provoca ese recorrido en sentido contrario?

—Creo que ahí aparece una de las libertades de la lectura. El escritor entrega los poemas, pero no puede decidir todo lo que otro lector encontrará en ellos. Usted reunió elementos que yo había ido dejando en distintos textos y encontró una posibilidad nueva. Eso también forma parte de la vida de una obra.
Cuando empecé a configurar la arquitectura del personaje tenía una intención clara. No quería una Vri cerrada, reconocible en una mujer determinada.
Quería que toda mujer pudiera sentirse Vri.
Y que todo hombre quisiera amar a una Vri.
El personaje debía tener identidad y, al mismo tiempo, conservar un espacio abierto para quien llegara a él.
Pero para construirlo necesitaba comprender algo más: hasta dónde aquellas Vri seguían perteneciendo a la realidad que las había inspirado.
—Rubén Darío, ¿llega un momento en que esas Vri empiezan a independizarse de la realidad que pudo inspirarlas?
—Sí. Y creo que ahí empieza verdaderamente la literatura. Uno puede comenzar desde algo vivido, visto o recordado y terminar frente a alguien que ya no coincide con aquello que puso en marcha el poema. La realidad puede ser el punto de partida, pero no tiene por qué ser el punto de llegada. Vri empieza a pertenecer más al poema que a la realidad de donde pudo haber nacido.
Y fue esa autonomía que me permitió avanzar.
Volví a los poemas. Busqué los rasgos que se repetían, las emociones que atravesaban a Vri, sus contradicciones, sus formas de acercarse y alejarse, lo que mostraba y lo que permanecía en silencio.
Poco a poco fui imaginándola.
Hasta que apareció otra necesidad: verla.

No partí de un rostro.
Partí de los poemas.
Desde esa percepción construí las imágenes que acompañan el libro. La Vri que aparece en ellas no representa a una mujer real. Es la representación visual del personaje que había comenzado a descubrir mientras leía.
Primero estuvo la palabra.
Después, la lectura.
Y solo entonces apareció su rostro.
—Rubén Darío, cuando vio por primera vez la imagen de Vri que construí desde la lectura de sus poemas, ¿qué sintió?
—Fue extraño y, al mismo tiempo, interesante. Yo había trabajado a Vri desde las palabras y, de pronto, estaba frente a una imagen. No tenía por qué coincidir exactamente con la que yo pudiera haber imaginado. Era la Vri que había nacido de otra lectura. Y eso significaba que el personaje ya podía existir también fuera de mi propia imaginación.
Algo había cambiado.
Rubén Darío había escrito a Vri.
Yo había comenzado a verla desde la lectura.
Ahora tenía un rostro.
Y quedaba por descubrir qué ocurriría cuando llegara a otros lectores.

—Rubén Darío, hay mujeres que leen sus poemas y se reconocen en Vri. Algunas incluso pueden pensar: «Vri soy yo». ¿Qué le produce esa identificación?
—Me parece una de las posibilidades más hermosas de la lectura. Si una mujer encuentra algo suyo en Vri, el poema ha salido de mis manos y ha llegado a otra experiencia. No necesito decirle si es o no es Vri. Lo que ella reconoce en el poema ya le pertenece como lectora.
Su respuesta coincidía con una de las posibilidades que había buscado al configurar el personaje: que Vri pudiera trascender los poemas y comenzar a existir también en la imaginación de quienes se acercaran a ellos.
Desde esa mirada tomó forma VRI: 31 sentidos y un mito.
El libro está organizado alrededor de 31 poemas: uno abre el umbral antes de entrar en la espiral, veintiocho conforman el recorrido interior y dos aparecen después, como salida o resonancia final.
De ellos surgieron los comentarios y distintas formas de aproximarse a ese universo: la estética de Vri, la paleta de colores, el índice emocional y la espiral de Vri.
No quise explicar los poemas.
Quise entrar en ellos.
Encontrar conexiones.
Seguir recurrencias.
Abrir posibilidades.
Y dejar espacio para aquello que otros lectores pudieran encontrar.
Quedaba una última pregunta. La misma que tantas veces le han hecho al poeta.
—Rubén Darío, ¿quién es Vri?
—Vri es Vri.
Tres palabras.
Al principio pueden parecer una respuesta que guarda un secreto.
Después de recorrer los poemas, adquieren otro sentido.
Vri pudo comenzar en una mirada, un recuerdo, un gesto, una presencia. Pero la escritura fue transformando esas huellas.
Cada poema le dio algo.
La lectura encontró los vínculos.
Y poco a poco apareció el personaje.
Vri está allí.
En lo que muestra.
En lo que calla.
En lo que cada poema añade y el siguiente transforma.
La realidad pudo darle el primer impulso.
La poesía le dio otra existencia.
Vri es Vri.

