ENTREVISTA CON AMINTA BUENAÑO

Leer, escribir y vivir

Dorys Rueda, 2025.

Aminta Buenaño Rugel (Santa Lucía, Ecuador, 1958) es una de las voces más reconocidas de la narrativa ecuatoriana. Escritora, periodista, maestra universitaria y diplomática, ha ocupado espacios públicos relevantes como la vicepresidencia de la Asamblea Constituyente de 2008 y las embajadas de Ecuador en España, Nicaragua y Barbados. Su obra literaria ha sido premiada dentro y fuera del país y traducida al inglés, francés e italiano. Entre sus títulos más conocidos están La mansión de los sueños, La otra piel, Mujeres divinas y la novela Si tú mueres primero. Su libro más reciente, Un blues para Roberto (2022), confirma que su escritura puede transitar entre lo íntimo y lo colectivo con la misma hondura.

Esta entrevista fue un reto distinto: no la hice en persona. La distancia obligó a imaginar gestos, pausas y miradas a partir de su voz cálida al teléfono y de las respuestas que me envió después. Pero esa distancia también me permitió otra cercanía: la de leerla en su tono, en su manera de acentuar una idea, en la serenidad con que deja que cada palabra se pose.

Cuando pienso en ella, la imagino rodeada de libros, en un espacio donde el silencio tiene la textura del pensamiento.

—Usted ha contado que su primer refugio fueron los libros de la biblioteca de su madre. ¿Qué queda hoy de esa niña lectora cuando se enfrenta a la página en blanco?

Hay un tono melancólico en su respuesta, como un destello de luz que cruza el recuerdo.

—Muy poco, lo que lamento mucho. La etapa de ser una niña lectora la veo como el tiempo de la felicidad pura, del goce puro, de la entrega plena. No había prejuicios ni limitaciones, no tenía una lectura advertida, precavida. Estaba solo abierta al diálogo con el texto, como debe ser.

La escucho y pienso en el tono con que responde: hay una mezcla de ternura y pérdida, como si pronunciara cada palabra desde una distancia amorosa.

—Cuando una es adulta, y más si es escritora, está atenta no solo al texto, sino a la profundidad de este, a su arquitectura narrativa, a darse cuenta si funciona o no. Una está alerta a las técnicas narrativas que ha utilizado el escritor, las evalúa, las replantea, las acepta o las rechaza de acuerdo con el gusto o la tendencia que tenga.

Hace una breve pausa, como si en su mente pasara las páginas de un libro invisible.

—Incluso, muchas veces, me sucede que me adelanto a los acontecimientos, preveo lo que va a pasar, el desenlace o el porqué de las acciones de determinados personajes, lo que me resta emoción, sorpresa y misterio, porque la educación y las lecturas te condicionan. También, muchas veces, se lee más a los escritores conocidos por ir a lo seguro, lo que resta espacio a la aventura y a la exploración lectora, lo cual procuro evitar.

Hay una sonrisa fugaz, de quien se reconoce en su propio hábito lector.

—Sin embargo, creo que eso es inevitable cuando una se vuelve adulta y el escribir se ha convertido en un propósito diario y continuo. Para mí, enfrentarme a la página en blanco es como enfrentarme al miedo; hay que sentirlo, pero vencerlo. Estoy convencida de que, con el tiempo, uno debe perderle un poco de respeto a la escritura y atreverse a todo, eso sí, con responsabilidad y compromiso con la palabra.

En su voz hay gratitud, pero también una lucidez que no idealiza. Pienso que esa niña lectora no ha desaparecido del todo: se esconde detrás de la mujer que ahora escribe con la conciencia del riesgo y la emoción del vértigo.

—Ha estudiado y vivido en ciudades tan distintas como Moscú, Managua o Madrid. Más allá de lo académico, ¿qué le dejaron esas experiencias de vida que aún respiran en su literatura?

Aminta deja que el silencio la acompañe un instante; su voz llega luego, teñida de una claridad que parece venir del recuerdo.

—Un revoltijo de emociones y sensaciones en todo el cuerpo, eso me dejaron. Creo que cada ciudad se define por el clima emocional de sus habitantes, por la cultura que la habita y por su historia, no por sus grandes moles o riqueza. Vivir entre ciudades tan diferentes me enriqueció por el cosmopolitismo que una adquiere, por las leyendas y mitos tan distintos que conocí y profundicé, y por las grandes amistades que tuve la oportunidad de cultivar.

Su mirada tiene ahora un brillo que parece encenderse desde adentro, como si una memoria antigua la habitara.

—He sido privilegiada al poder explorar otras culturas y darme cuenta de que, a pesar de ser tan distintos, somos iguales como seres humanos en cuanto a las emociones y obsesiones que nos habitan. Esto naturalmente benefició mi escritura: me permitió describir con más profundidad las emociones humanas, sin importar la cultura a la que pertenezcan. Estoy convencida de que los viajes ensanchan los horizontes, amplían la visión de la vida y de las personas, y vuelven más compasiva la lectura de la realidad.

El tono con el que habla es calmado, el de quien ha aprendido a escuchar las palabras antes de pronunciarlas. Entonces continúo con la siguiente pregunta:

—Sus rutinas creativas comienzan en las mañanas, después de caminar o escuchar un audiolibro. ¿Qué papel tienen esos rituales en el nacimiento de una historia?

Reflexiona un instante antes de responder, con esa claridad que nace de la calma.

—Un ritual funciona como algo sagrado que ayuda a conjurar el alumbramiento de la obra artística. En mi caso, antes de empezar suelo hacer ejercicio por la mañana, lo que contribuye a llenarme de oxígeno y vigor. A veces corro o simplemente camino escuchando un audio. Luego desayuno y me encierro en mi estudio a escribir o leer.

Hace una pausa breve y su mirada se ilumina, como si la sola mención de escribir y leer bastara para abrirle una ventana al alma.

—Muchas veces la lectura de un libro bueno es un impulso poderoso para escribir, porque los grandes autores te dan señales, guiños literarios para el camino. Estar rodeada de libros en la biblioteca de mi estudio es como entrar en un templo para orar. Es un ritual maravilloso que, a veces, me deja pasmada, porque siento el espíritu de grandes escritores que, desde la eternidad, dialogan conmigo. Para mí, el acto de escribir es desafiar al tiempo y a la muerte.

Comprendo entonces que su escritura no nace del apuro, sino del silencio; que no escribe desde la prisa, sino desde una calma que roza lo sagrado. Antes de escribir, Aminta parece invocar algo más que palabras. Y con esa misma quietud luminosa, continúo con una nueva pregunta.

—Muchas de sus obras han dado protagonismo a personajes femeninos. ¿Qué ha descubierto de la fuerza y la fragilidad de la mujer al escribirlos?

Aminta sonríe con esa firmeza que es también dulzura.

—Yo escribí un libro titulado Mujeres divinas, que alcanzó varias ediciones y tuvo un éxito de ventas en mi país. Era un conjunto de relatos en que la protagonista de cada cuento era una mujer tratando un tema biológico o cultural, tradicionalmente asignado a las mujeres. Este cuentario intentaba explorar el territorio psíquico de las féminas, pues bien sabemos que en una cultura patriarcal no es lo mismo nacer mujer que nacer varón. Hay muchas diferencias, y el machismo y los micromachismos existen.

Su voz se eleva apenas y, en ese leve ascenso, la convicción toma forma.

—Fue un ejercicio muy interesante escribir desde nuestro dolor y nuestro sufrimiento, y también desde nuestro jolgorio; sin que, de ninguna manera, esta literatura se convirtiera en un manifiesto o una proclama.

Sonríe de nuevo, y esa sonrisa tiene algo de complicidad.

—¿Qué descubrí al poner como centro y protagonismo de mis relatos a una mujer? Que las mujeres somos muy fuertes, muy potentes y que resistimos. Que ante las prohibiciones siempre luchamos por nuestra libertad y vencemos, y que el tiempo nos va dando la razón en la lucha por nuestros derechos y por la igualdad.

Mientras la escucho, pienso que Aminta no solo escribe sobre mujeres: las rescata del silencio. Entonces, sin romper el hilo de su voz, le hago otra pregunta.

—Su libro más reciente, Un blues para Roberto, nace de una pérdida íntima y se convierte en un tributo compartido. ¿Qué significó para usted transformar el duelo en palabra?

Aminta baja la voz y junta las manos, como si necesitara sostener las palabras antes de dejarlas salir.

—Mi novela Un blues para Roberto es un relato pospandémico. Entra en la corriente de la “literatura del yo” y parte de elementos autobiográficos para recrear y reinventar un personaje llamado Roberto que existió en la realidad y al que perdí después de varias décadas de feliz convivencia. Es un tributo a todas las personas que perdieron a un ser querido por el COVID-19. No es una historia triste, aunque parte de un hecho triste, como la muerte en tiempos de la mayor peste del siglo XXI. Fue una manera de honrar la muerte de millones al testimoniar y honrar la vida de una de ellas.

Hace una pausa y fija la mirada en el horizonte.

—También fue, de manera personal, un replanteamiento de la identidad a la que una se ve abocada después de la muerte del ser amado, porque todo duelo duele. Fue una forma de transmutar el dolor en obra de arte, a la manera de los antiguos alquimistas que buscaban transformar metales básicos en oro. Una catarsis, una manera de exorcizar el dolor en algo que valga la pena. Ante la fealdad de la muerte, crear algo que no perezca. Creo que la verdadera muerte es el olvido.

Al pronunciar esa frase, su voz no se apaga; se hace más clara.

—El dolor se convirtió en alegría cuando alumbré la historia y puse el punto final. De alguna manera, tuve la sensación de vencer a la muerte al perennizar una vida en la palabra escrita. Hice mía la cita del poeta griego Odysseas Elytis: “Escribo para que la muerte no tenga la última palabra”. Y, vaya, que no la tuvo.

Guarda silencio unos segundos y, en esa quietud, comprendo que para ella escribir no es solo recordar: es una forma de resurrección.

La entrevista llega a su término. Nos despedimos con un abrazo cálido, de esos que parecen decir más que las palabras. Afuera, la tarde comienza a declinar, y me queda la certeza de que conversar con Aminta Buenaño es una forma de aprender la resistencia: la de quien transforma la pérdida en memoria, la palabra en refugio y la vida —incluso la herida— en creación.

Quito, 2025.

 

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