ENTREVISTA A LUCRECIA MALDONADO

ENTRE PALABRAS Y CREACIÓN

Por Dorys Rueda

Hoy me dirijo al norte de Quito para entrevistar a la escritora y educadora ecuatoriana Lucrecia Maldonado, nacida el 24 de mayo de 1962 en Quito. Al llegar a la Urbanización Jardines de Carcelén, me dirijo hacia su casa. Me recibe con una cálida sonrisa, mostrándome una hospitalidad que inmediatamente me transmite confianza. La casa es pequeña y acogedora, llena de detalles que reflejan su personalidad. El ambiente es tranquilo, lo que hace que me sienta bienvenida de inmediato.

Al entrar, Lucrecia me ofrece un café, una invitación que acepto, agradecida por el gesto. Mientras lo prepara, no puedo evitar reflexionar sobre su impresionante trayectoria que ha dejado una marca indeleble en la literatura ecuatoriana, destacándose en los géneros de cuento, novela y literatura juvenil. Su novela Salvo el calvario le otorgó el prestigioso Premio Aurelio Espinosa Pólit en 2005 y a lo largo de su carrera ha explorado con profundidad temas como la familia, la amistad y las complejas emociones humanas, capturando la esencia de la experiencia cotidiana.

El café está listo y ahora nos sentamos en el comedor, un lugar cálido que invita a la conversación. Le pregunto sobre sus inicios como escritora: ¿cómo se dio cuenta de que la escritura sería una parte esencial de su vida?
Recuerda con mucho cariño el libro Platero y yo, que leyó en primer curso de secundaria. Esa obra la marcó profundamente, pues en ese momento comprendió que las palabras no solo servían como medio de comunicación, sino que eran un vehículo capaz de crear algo tan hermoso y cargado de significado. Fue su primer encuentro consciente con la escritura como una forma de arte.

Además, el despertar de su imaginación tiene sus raíces en su abuelita, una mujer que no pudo cursar la secundaria, pero que era una ávida lectora y una narradora excepcional. Ella le contaba historias fascinantes sobre la familia, relatos sagrados y cuentos de todo tipo, que despertaron en Lucrecia una profunda admiración por el poder de las palabras. Esas narraciones alimentaron su imaginación y la inspiraron también a contar sus propias historias.

Le pregunto si realiza una investigación antes de comenzar una obra. Me mira detenidamente y sus ojos se iluminan al instante mientras responde:
«Claro que sí. Por ejemplo, en mi novela Salvo al calvario, hay un personaje que sufre de leucemia en estado terminal. Investigué profundamente sobre la enfermedad, tanto que llegué a sentirme como una hematóloga empírica. Me sumergí en cada detalle, buscando comprender lo que realmente experimenta un ser humano en esa situación. Lo mismo me ocurrió en Un piano en la oscuridad, donde investigué sobre la eugenesia en la Alemania nazi, para poder comprender las implicaciones filosóficas y científicas detrás de esos actos. Y en Mariposas de piedras, que aborda la figura de un vampiro en Quito, me adentré en las creencias populares sobre cómo se transforma un ser humano en un vampiro. Cada historia me exige una inmersión profunda, porque, para mí, la investigación no es solo un requisito, sino una forma de conectar con la esencia de los temas que trato”.

Lucrecia Maldonado y Dorys Rueda

Le comento que cada escritor tiene su propia manera de organizarse para facilitar su proceso creativo. Le pregunto si tiene alguna rutina o espacio especial para concentrarse. Sonríe con sinceridad y me dice: «Mi proceso es un poco caótico, pero funciona». Explica que suele escribir en su escritorio, en su habitación, y aunque el desorden parece ser su compañero constante, lo importante es que se dedica a escribir todos los días. «Eso es lo esencial», señala con énfasis, «hacerlo todos los días.»

Le pregunto entonces si, antes de escribir, piensa en el público joven al que se dirige. «No», me responde. «Las ideas simplemente surgen y en ese momento sé que eso es para jóvenes». Luego, con tono juguetón, añade: «Siendo maestra, me he vuelto experta en entender lo que pasa por la cabeza de los chicos». Con alegría me cuenta que su experiencia en las aulas le ha permitido conocer profundamente las emociones y situaciones que atraviesan los adolescentes, algo que considera una verdadera mina de oro. «Es como tener acceso directo a un montón de historias sin tener que buscarlas demasiado», concluye.

Le pregunto si alguna experiencia personal le ha ayudado a configurar los temas y personajes de sus obras. Sonríe con picardía y responde: «Se dice que todo escritor se escribe, ¿no? Pues un amigo me decía que me reconoce mucho en los cuentos que escribo». Luego, se detiene un momento, pensativa, y agrega: «Es cierto que la producción literaria refleja algo del autor, pero no todo, ¡por suerte!» Aprieta sus manos y continúa: «Porque si fuera todo, imagínate, ya no sería literatura, sería terapia y en ese caso, mejor le cuento mis cosas a una amiga.» Nos reímos juntas y ella concluye: «La clave está en que la esencia del autor siempre se cuela, pero lo que realmente importa es todo lo que viene con la ficción, con la imaginación. ¡Ahí es donde empieza la magia!»

Luego, me confiesa que prefiere escribir narrativa a poesía y que lo que menos ha escrito es para niños. «Solo tengo dos libros dirigidos a ellos», comenta mientras se sirve una galleta. «Uno se llama Cuando se apaga la luz y el otro La gatita enfermera”.

Le pregunto cómo mantiene su conexión emocional con una obra a lo largo del proceso de escritura, especialmente si la novela o el cuento se extiende por un largo período. Me cuenta que con los relatos no se tarda mucho en escribir. «Cuando me siento, ya lo tengo listo en la cabeza, solo tengo que decidir qué palabras usar para terminar el cuento», dice con una sonrisa. «Eso me lleva unas dos horas». Luego, se pone más seria y agrega: «Pero con la novela es otra historia. Ahí sí que hay que sentarse todos los días a trabajar para evitar el bloqueo creativo». Recuerda que su novela Mariposas de piedras le llevó casi un año y medio, durante la pandemia y a veces parecía que no iba a terminar el libro, pero al final todo salió bien.

Le pregunto cómo maneja el proceso de reescritura, cómo lo aborda. Mirándome fijamente me responde que suele hacerlo mientras va escribiendo, ajustando el texto sobre la marcha. «Voy corrigiendo al mismo tiempo que avanzo», explica, «pero también creo que es crucial darle tiempo al texto. Lo dejo reposar durante una semana, tomo distancia y luego lo reviso con una nueva perspectiva, para modificar lo que sea necesario». Luego añade: «Cuando considero que está listo, lo envío a la editorial. Pero a veces, incluso cuando ya está publicado, me doy cuenta de que pude haber añadido algo más o encuentro palabras repetidas que ni yo ni el editor notamos”.

Le comento que para mí todo libro es un desafío. Ella concuerda conmigo y señala: «En mi caso el desafío más grande fue mi primera novela, fue toda una prueba, Siempre había escrito cuentos, pero nunca una novela. Cuando comencé, sí que me costó. Escribí el inicio de distintas maneras y varias veces, como si estuviera probando diferentes recetas, pero nada funcionaba, hasta que un día me pregunté: “¿Por qué no retomo la novela de otra forma?” Así lo hice y dejé que los personajes hablaran en lugar del narrador omnisciente. Fue entonces cuando todo empezó a encajar».

Le pido que nos hable de su primer libro, Bip-bip, y del premio «J.C. Coba» que ganó en 2008. Me cuenta que se trata de un libro que reúne 12 cuentos dirigidos a jóvenes lectores, enfocados en sus momentos más intensos. «Escribía un cuento cada día sobre los estados límite de los chicos», explica, mientras sus manos se mueven animadamente, como si quisiera capturar la emoción de esos momentos. «Lo envié por correo el último día del año, pero como era época de festividades de Año Viejo, todo era un caos. Mandar el libro fue una verdadera odisea y nunca pensé en el premio. Luego, sonríe al recordar lo que sucedió después: «Más tarde, alguien me llamó para decirme que había ganado y me pidió que, cuando me lo dijeran, fingiera sorpresa». Con tono alegre, añadió: «Resulta que solo escritores de Argentina y España habían ganado, porque era un concurso internacional.  ¡Fui la primera ecuatoriana en llevarse el premio!»

Le pregunto qué temas aborda en Salvo el calvario y Las alas de la soledad, y qué mensaje espera transmitir a sus lectores a través de estas obras. Me responde que ambos libros exploran la diversidad sexual, aunque aclara: «Pueden pensar que soy LGTI, pero no lo soy. Lo sería y no habría ningún problema, pero no es el caso». Luego, reflexiona un momento y agrega que, a menudo, la crítica sobre estos libros ha sido reduccionista debido a la temática que abordan, limitándose a etiquetarlos por su enfoque en la diversidad sexual. » Se ha dicho que esos libros son solo eso, pero en realidad son mucho más que un tema», señala, colocando su mano en el mentón con gesto pensativo. «Salvo el calvario es una obra sobre el amor, la amistad y la juventud, y cómo las situaciones límite obligan a los chicos a redefinir su lugar en el mundo. Es una reflexión sobre cómo las circunstancias extremas pueden transformar nuestra visión de quienes somos y lo que aspiramos a ser».

En cuanto a Las alas de la soledad, explica que la obra se enfoca en el poder de la creación y la poesía como medios para superar las dificultades de la vida. «La creación artística se convierte en un refugio, un espacio donde podemos apoyarnos para crecer como seres humanos. A través de la poesía, hallamos una forma de sanar y transformar el dolor en algo hermoso», comenta con convicción. «Mi mensaje es que, a veces, la verdadera fuerza radica en nuestra capacidad de crear, en encontrar belleza incluso en los momentos más oscuros», agrega. “Esta novela ha sido publicada en varios países de Latinoamérica y ha formado parte del Plan Nacional de Lectura de Colombia».

Para finalizar la entrevista, le pregunto qué proyectos literarios tiene en mente para el futuro. Me cuenta que tiene varios libros de cuentos en proceso y que está reuniendo algunos relatos para niños que ha escrito a lo largo de los años. Además, tiene el proyecto de una novela corta. «Quiero también reunir toda mi poesía y publicarla», dice con una sonrisa. Sin embargo, añade con humildad: «No me considero poeta. Creo que la poesía es un género que exige una perfección casi absoluta, o es perfecta o no lo es. Es un arte que requiere una precisión y una pureza que me resultan desafiantes». Con una mirada pensativa, concluye: «Me siento más cómoda como narradora, donde puedo dar rienda suelta a la imaginación y construir mundos completos.

Es momento de despedirnos. Mientras nos dirigimos hacia la salida, seguimos platicando sobre sus proyectos y su pasión por la escritura. La despedida es cálida, marcada por la gratitud del tiempo compartido. Ha sido un verdadero placer conocer a Lucrecia Maldonado, profundizar en su proceso creativo, explorar sus obras y entender mejor su visión literaria. Nos despedimos con un abrazo, sabiendo que, aunque la entrevista haya llegado a su fin, la conversación sobre arte, literatura y vida sigue flotando en el aire, lista para continuar en cualquier momento.

 

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