ENTREVISTA A MARÍA DOLORES CABRERA

Entre la psicología y la literatura

El Centro Comercial Iñaquito, en la ciudad de Quito, parece respirar distinto esta noche. Entre el murmullo de la gente, las luces de los pasillos y el ir y venir apresurado de quienes atraviesan el lugar, hay un espacio donde el tiempo parece haberse detenido: el lanzamiento de De aullidos y silencios, el primer poemario de la escritora ecuatoriana María Dolores Cabrera.

La observo mientras conversa con algunos lectores. Habla con serenidad, pero en sus palabras hay una gran intensidad, como si cada frase hubiese pasado antes por un territorio íntimo. Psicóloga clínica, narradora, cronista y ahora poeta, María Dolores ha construido una obra donde las emociones humanas no se esconden: se revelan.

Ha publicado los libros de cuentos Más allá de la piel (1998), De nuevo tus ojos (2010) y Siempre de azul (2021), este último traducido al italiano en 2023. También es autora de las novelas Te regalo mi cordura (2012), Cuando duermen los jilgueros (2016) y Pinceladas (Bosquejo de un trastorno) (2018). Su escritura ha aparecido además en revistas digitales como Máquina Combinatoria y la revista mexicana Delatripa, así como en las crónicas publicadas en loscronistas.org.

Mientras la escucho, pienso que en ella la literatura y la psicología no parecen dos caminos distintos, sino una misma forma de mirar el alma humana.

—¿En qué momento descubrió que ciertas emociones no podían explicarse únicamente desde la psicología y necesitaban transformarse en literatura?

María Dolores sonríe apenas. Hay algo reflexivo en su mirada, como si la pregunta la llevara a un lugar conocido.

—Yo diría que, en mi vida, la una no puede prescindir de la otra. Son mis dos profesiones; las he relacionado con mucha fuerza y ya no las puedo separar. El hecho de tener una vivencia cercana con cada una hace que se entrelacen irremediablemente en mí.

Habla con la claridad de quien ha convivido muchos años con las emociones ajenas y propias.

—La psicología estudia la complejidad de la mente en toda su extensión: miedos, traumas no resueltos, frustraciones, inseguridades, apegos, dependencias, depresión y ansiedad. Tanto las causas como los síntomas generan vivencias emocionales que la literatura recoge y contiene, permitiendo que haya una catarsis a través de la palabra, del arte en sí.

Hace una pausa breve. El ruido del centro comercial parece alejarse por un instante.

—Lo mismo ocurre con la pintura, la danza, la escultura o la música. Desfogamos nuestras más íntimas, profundas y complejas emociones a través de la creación y, de manera muy particular, de la poesía, que nos permite limpiar el alma, liberarla. Por eso, la palabra “catarsis” es mi palabra preferida.

La escucho y pienso que, para ella, escribir no es un ejercicio intelectual, sino un latido interior.

—Ha transitado por el cuento, la novela, la poesía y la crónica. ¿Qué le permite explorar cada género sobre el ser humano que quizás otro no alcanza a revelar?

María Dolores acomoda lentamente sus manos sobre la mesa y su voz mantiene una serenidad que no rompe la intensidad de lo que dice.

—Tal vez se podría decir que los distintos géneros son herramientas que he usado para mostrar temas puntuales sobre la psiquis humana.

Entonces comienza a recorrer sus libros como quien vuelve sobre las huellas de distintas obsesiones.

—En el caso de la novela, por ejemplo, los temas centrales siempre han sido graves problemáticas de la humanidad. En mi novela Pinceladas (Bosquejo de un trastorno) describo una historia de ficción, pero con un tema muy real, como lo es la pandemia mundial de la depresión.

Mientras habla, comprendo que sus personajes no nacen únicamente de la imaginación, sino también de una observación profunda del sufrimiento humano.

—De igual manera, en Te regalo mi cordura, dibujo a los personajes con sus laberintos respecto a amar con temor, a renunciar a ser feliz por prejuicios, a soportar el machismo por causas de inseguridades y dudas.

Su mirada se vuelve más grave al mencionar Cuando duermen los jilgueros.

—Ahí me atrevo a desnudar una verdad que se ignora: la posibilidad que tienen los infantes de morir por falta de amor, atención y cuidado.

Guarda silencio un instante, quizá porque algunas verdades necesitan sentirse antes de continuar.

—Respecto a la poesía, para mí es la manera más pura de desnudar el espíritu con dignidad.

Hay una delicadeza particular en la forma en que pronuncia esa frase, como si hablara no solo de literatura, sino también de sí misma.

—Su obra transmite una gran sensibilidad hacia el dolor humano. ¿La escritura la ha vuelto más vulnerable o más fuerte?

María Dolores permanece en silencio unos instantes. Su mirada parece alejarse brevemente, como si descendiera hacia una zona íntima de sí misma antes de responder. Sus dedos se entrelazan suavemente, como si acomodara también las emociones antes de pronunciarlas.

—Indudablemente, mucho más fuerte y valiente, diría yo.

La frase sale serena, pero detrás de ella parece resonar la experiencia acumulada de muchas heridas observadas, escuchadas y comprendidas.

—El dolor está ahí, en el diario vivir, en cada reto que nos incomoda y, a la vez, nos motiva. La angustia y la aflicción podrían ser invisibles en ese día a día que muchas veces está plagado de tristezas, de carencias, de desasosiegos, de pérdidas, de duelos.

La escucho y pienso que hay personas capaces de detectar el sufrimiento incluso cuando este intenta esconderse.

—Soy sensible al sufrimiento, incluso cuando lo presiento, aunque no lo vea o lo palpe; leo entre líneas y percibo cuando alguien sufre, por más fuerte que aparente ser.

El bullicio alrededor sigue avanzando como un río ajeno, pero ella parece hablar desde un territorio interior donde el silencio todavía permanece.

—Y, a la vez, esa misma sensibilidad me impulsa a querer decir, mostrar y expresar verdades para que los seres que sufren sean comprendidos.

Comprendo entonces que su escritura no busca adornar el dolor, sino hacerlo visible.

—Creo que escribir cosas que incomodan, pero que muestran la realidad de lo compleja que es la psicología, es un poco tratar de sacudir a la gente, intentar que se entienda lo aparentemente inentendible.

Hay firmeza en sus palabras, pero también compasión.

—En De aullidos y silencios, su último libro, aparecen poemas inspirados en la maternidad, el miedo, la ansiedad, los recuerdos, el paso del tiempo e incluso en elementos cotidianos como una copa de vino o una taza de café. ¿Cuándo comprendió que prácticamente toda experiencia humana podía convertirse en materia poética?

María Dolores sonríe con una ternura distinta, más luminosa.

—El poemario De aullidos y silencios, que acabo de publicar, tiene poemas escritos en diferentes épocas; por eso muestran sentires muy distintos.

Mientras habla, pienso que tal vez los poemas no permanecen intactos: maduran con nosotros, se transforman a medida que la vida nos atraviesa de distintas maneras.

—Con el paso del tiempo, me di cuenta de que no era necesario vivir un terrible desamor, una enorme tragedia o una irreparable pérdida para escribir un gran poema.

Levanta suavemente la mirada, como si buscara las imágenes precisas para explicarlo.

—Es posible crear algo muy bello frente a una simple taza de café o a una copa de vino, porque detrás de algo tan sencillo puede haber grandes emociones escondidas que podemos mostrar.

Su voz se suaviza aún más cuando menciona a la familia.

—Y cuando experimentamos milagros como convertirnos en abuelos, descubrimos que son motivos válidos para escribir poemas plagados de sentimientos y que brillarán con intensidad y belleza.

—Después de tantos años observando el dolor, el amor, el miedo y la esperanza en los otros y en usted misma, ¿qué ha aprendido sobre el alma humana?

La escritora guarda silencio unos segundos. A lo lejos alguien ríe, la noche continúa moviéndose alrededor, pero en medio de la conversación parece abrirse una calma distinta, casi íntima, como si el ruido del mundo hubiera quedado momentáneamente suspendido.

—Que el alma es sensible, delicada y frágil, pero a la vez muy poderosa.

Lo dice despacio, como quien pronuncia algo aprendido no en los libros, sino en la vida.

—Y que el arte, en todas sus formas, es la única tabla de salvación para vencer el dolor, el desamor, la enfermedad y la carencia. Que el renacer se da siempre después de la catarsis y que crear nos redime, nos vuelve invencibles y valientes.

La entrevista termina. María Dolores vuelve a sonreír mientras algunos lectores se acercan para saludarla y pedirle una firma. Nos despedimos con un abrazo cálido, de esos que dejan la sensación de haber conversado con alguien que ha aprendido a mirar el dolor humano sin apartar la vista.

El Centro Comercial Iñaquito recupera entonces su ritmo cotidiano, pero algo permanece flotando después de escucharla: la certeza de que, para ciertas personas, escribir no es solamente crear historias o poemas, sino transformar las heridas y las fragilidades del alma en una luz capaz de acompañar también a otros.

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