Apareció una carpeta que no había abierto hace años.

Había dos textos escritos a máquina.

Me senté.

Empecé a leer.

A medida que pasaban las hojas,

recordaba las risas en el aula de clases.

Las de la compañera que se sentaba junto a la ventana.

No sé por qué fue ella la primera en volver a mi memoria.

Tomé el teléfono y la llamé.

Hablamos del trabajo.

De nuestros amigos.

De la familia.

Del aula 214 donde recibíamos clases.

—¡Qué extraño! —me dijo—. No la recuerdo. Nunca coincidimos allí.

No dije una sola palabra.

Me despedí rápido.

Quería decirle que se equivocaba.

Quería decirle…

Que recordaba sus risas

en medio del salón.

Junto a la ventana.

Pero no dije nada.

Ahora ya no soy capaz de abrir esa carpeta.

No porque no quiera.

Sino porque

cada vez que vuelvo a hacerlo,

recuerdo un poco más:

Amigos.

Compañeros.

Profesores.

Una vida

que ya no sé

si fue la mía.

Dorys Rueda, Cuentos en voz baja, Volumen II, 2026.

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