
Sucedió en los años ochenta.
Ella tendría unos veinte años. Era alta, delgada, rubia y muy hermosa.
La había conocido poco tiempo antes y me sentía profundamente atraído por ella.
Por fortuna, yo también le gustaba.
Quedamos en vernos a la una de la tarde en un restaurante de Quito.
Llegué puntual.
A la una en punto estaba sentado en una mesa de La Balsa, un restaurante de madera, ambiente marinero y comida costeña que funcionaba en la General Robles y la avenida Amazonas.
Pedí algo de beber y esperé.
1:10.
Nada.
No me preocupé. Diez minutos entraban perfectamente dentro de lo razonable.
1:30.
Comencé a mirar hacia la puerta cada vez que alguien entraba.
1:45.
Ya no miraba la puerta.
La vigilaba.
Por suerte había llevado un libro.
Lo abrí, leí unas líneas y volví a mirar el reloj.
Intenté seguir leyendo.
O, por lo menos, pasé las páginas.
A las dos de la tarde comencé a pensar que algo había ocurrido. Me parecía extraño que me hubiera plantado porque los dos habíamos esperado aquella cita.
Nos gustábamos.
Mucho.
2:15.
Cerré el libro.
En aquellos años no teníamos celular y yo tampoco tenía el número de su casa ni el de su trabajo. No podía llamarla, dejarle un mensaje ni preguntarle dónde estaba.
Solo podía seguir sentado.
Entonces se me ocurrió acercarme al mesero.
—¿Hay por aquí otro restaurante de mariscos?
—Sí. La Barca.
Lo miré.
—¿Cómo dijo?
—La Barca.
Ahí entendí todo.
La Barca.
Yo estaba en La Balsa.
Me levanté de golpe.
Había pasado una hora y cuarto esperando a la mujer que me gustaba en el restaurante equivocado.
Salí corriendo.
Después de haber perdido setenta y cinco minutos, de pronto tenía mucha prisa.
Mientras avanzaba, solo pensaba en encontrarla todavía allí.
Llegué casi sin aliento y me acerqué a un mesero.
—¿Estuvo aquí una muchacha sola, esperando a alguien?
—¿Cómo era?
—Alta, delgada, rubia. Unos veinte años.
El hombre asintió.
—Sí, señor.
Sentí alivio.
—¿Dónde está?
—Se fue.
Mi alivio duró poco.
—¿Hace mucho?
—Acaba de salir.
La había perdido por minutos.
Ella había llegado al lugar correcto.
Yo también había llegado puntual.
El único detalle era que no habíamos llegado al mismo sitio.
Nunca volví a verla.
No tenía su teléfono y ella no tenía el mío. Tampoco conocíamos nuestros lugares de trabajo lo suficiente como para encontrarnos otra vez.
En los años ochenta, desaparecer de la vida de alguien podía ser así de sencillo.
No hacía falta cambiar de número.
Ni bloquear a nadie.
Bastaba confundir una barca con una balsa.
Dorys Rueda, Historias que me contaron, obra inédita.
