
En noviembre de 2022 mi alumno Danilo Fierro me contó una historia que había recopilado de Kathya Fierro. Ella asegura haber vivido esta experiencia durante un viaje familiar a Papallacta, cuando aún era niña.
Lo que ocurrió aquel día continúa siendo, para su familia, un episodio sin explicación.
Todo comenzó durante un paseo hacia el Oriente ecuatoriano. Al pasar por Papallacta decidieron detenerse en una cascada.
La neblina cubría las rocas y el ruido del agua apenas les permitía conversar. Bajaron hasta la orilla para contemplar la caída de agua y tomar algunas fotografías.
Mientras recorrían el lugar, la madre de Kathya encontró una piedra de formas poco comunes.
Le gustó tanto que decidió llevarla consigo para utilizarla más adelante en un arreglo floral.
Antes de regresar a la camioneta, un hombre que observaba la cascada se acercó y le hizo una advertencia.
—No debería llevársela.
Ella le preguntó por qué.
—Porque esa piedra pertenece a este lugar. Aquí primero hay que pedir permiso.
La mujer agradeció el consejo, aunque pensó que se trataba de una antigua creencia de la zona. Guardó la piedra en la camioneta y continuó disfrutando del paseo junto a su familia.
Poco después vieron a un hombre de baja estatura caminar lentamente entre la neblina. Llevaba una mochila al hombro.
Lo saludaron.
No respondió.
Siguió caminando hasta perderse entre la bruma.
Cuando regresaban al vehículo volvieron a verlo.
Cruzaba la carretera con absoluta tranquilidad.
Lo observaron avanzar hacia el borde del camino.
Entonces desapareció.
La familia se acercó para mirar.
Al otro lado no había un sendero.
Solo un profundo precipicio.
Durante el resto del viaje nadie pudo dejar de comentar lo ocurrido.
A la mañana siguiente, al regresar a Quito, la abuela les contó que durante la noche había sucedido algo inusual.
Los perros habían ladrado insistentemente alrededor de la camioneta.
También escuchó varios golpes en las puertas del vehículo.
Al amanecer descubrió algo que llamó todavía más su atención.
Solo alrededor de la camioneta había caído granizo.
La familia salió inmediatamente a comprobarlo.
Aún quedaban pequeños restos de hielo junto al vehículo.
Entonces la madre recordó la piedra.
Fue a buscarla.
Revisó los asientos.
Miró debajo de la camioneta.
Abrió nuevamente las puertas.
La piedra había desaparecido.
Nadie recordó haberla sacado del vehículo.
Nadie encontró una explicación para su desaparición.
Han pasado varios años desde aquel viaje.
Kathya asegura que cada vez que recuerda aquella cascada vuelve a preguntarse quién era realmente el hombre que les advirtió que no se llevaran la piedra.
Y, sobre todo, quién era el pequeño caminante que desapareció entre la neblina, justo donde únicamente existía un precipicio.
Porque la piedra nunca volvió a aparecer.
