Cuando volvimos a mirar, el hombre ya no estaba.

Ese día dejamos la ouija.

Nadie volvió a mencionarla.

Pero desde entonces comenzaron a pasar más cosas.

Yo vivía en la parte baja de la casa y estudiaba por las tardes. Mis primos, en cambio, estudiaban en la mañana. Así que muchas veces me quedaba sola haciendo deberes.

Una tarde, mientras estaba sola, escuché la puerta.

Tac.

Después los mullos moviéndose.

Shhh… shhh…

Las tiras colgadas desde el techo chocaban unas contra otras. Era la señal de que alguien acababa de entrar.

No levanté la vista porque pensé que era mi abuela.

Seguí escribiendo.

Entonces sentí una mano pasar lentamente sobre mi cabeza.

Lenta.

Suave.

—¿Ya cocinaste? —pregunté, pensando que era mi abuela.

Nadie respondió.

—¿Abuela? —volví a decir.

Silencio.

Entonces levanté la mirada.

No había nadie.

Recuerdo el frío subiéndome por la espalda.

La puerta seguía abierta.

Los mullos ya no se movían.

Toda la casa había quedado en silencio.

Salí corriendo y cerré la puerta desde afuera. Temblaba. Ese día ya no fui a clases.

Otra noche se fue la luz. Mi hermano y yo encendimos una vela sobre el escritorio. Afuera todo estaba oscuro. La calle había quedado en silencio y apenas se escuchaban perros ladrando a lo lejos. Nosotros jugábamos cartas para distraernos.

—Te toca.
—No hagas trampa.

La llama de la vela apenas se movía. Las sombras subían y bajaban lentamente por la pared.

Entonces escuché una voz muy cerca de mi oído.

—Empújale.

Sentí frío en todo el cuerpo.

Miré a mi hermano.

—¿Oíste eso? —le dije.
—No —me respondió.

La llama volvió a moverse.

Las sombras temblaron otra vez.

Desde esa noche empecé a tener miedo cada vez que se iba la luz.

Con los años las cosas empeoraron.

Los ruidos comenzaron a escucharse en toda la casa. Primero eran golpes aislados. Después pasos rápidos en el corredor. Ventanas temblando en la madrugada.

A veces parecía que algo caminaba de un cuarto a otro y se detenía afuera de las puertas.

Una tarde estábamos concentrados haciendo deberes, cuando todas las ventanas comenzaron a golpear al mismo tiempo.

No era una sola.

Eran todas.

El sonido daba la vuelta a la casa como si alguien caminara afuera, golpeando una ventana después de otra.

Mi abuela salió de la cocina con la taza todavía en la mano y preguntó:

—¿Quién está golpeando?

Entonces todos comenzaron a moverse al mismo tiempo.

—Han de ser ladrones —dijo uno de mis tíos.

Mi papá salió por atrás. Mis tíos, por delante.

Se escuchaban puertas abriéndose, pasos corriendo alrededor de la casa y voces llamándose unas a otras desde la oscuridad.

Pero afuera no había nadie.

Ni pasos.

Ni voces.

Nada.

Mi tío Roberto decía que en las noches le apagaban la radio.

Click.

Luego se la volvían a encender.

Click.

Y cuando por fin sonaba otra vez, ya no estaba la emisora que había dejado puesta. Solo quedaba la estática… y voces hablando muy lejos.

Mis otros tíos comenzaron a sentir manos y susurros.

Pasos avanzando despacio por los corredores cuando toda la casa ya estaba dormida.

Después de un tiempo guardamos la ouija para siempre y nadie volvió a tocar el tema.

Pero la casa ya nunca volvió a ser la misma.

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