
Durante siglos caminé por las calles de Quito cubierta por mi manto negro.
Bastaba que un hombre me mirara una sola vez para que comenzara a seguirme.
Yo avanzaba despacio.
Él detrás.
Y, tarde o temprano, terminaba descubriendo que bajo el velo no había una mujer, sino una calavera.
Pero los tiempos cambiaron.
Llegaron las luces, los teléfonos y las redes sociales.
La gente dejó de mirar la neblina.
Ahora mira pantallas.
Muchos creen que las leyendas desaparecimos.
No es verdad.
Simplemente aprendimos a sobrevivir.
La idea de entrar en política nació por culpa de un taxista.
Una noche atravesábamos el Centro Histórico cuando me observó por el espejo retrovisor.
—Usted debería lanzarse a una elección.
—¿Yo?
—Claro.
—¿Por qué?
—Porque la gente la sigue.
—Llevan siglos haciéndolo.
—¿Ve? Ya tiene experiencia.
Me quedé pensando.
La propuesta no sonaba tan descabellada.
Durante varios días le di vueltas al asunto.
Al final acepté.
Dinero no me faltaba.
Lo había heredado de mis difuntos maridos.
Después de todo, enviudar varias veces tiene sus ventajas administrativas.
Así que contraté asesores. Descubrí que hasta las apariciones necesitan un equipo de campaña.
Comencé a recorrer barrios.
Asistí a reuniones.
Escuché problemas.
Y descubrí que la política era un mundo bastante extraño.
Una tarde me recomendaron acercarme más a la gente.
Aquello me hizo gracia.
Toda mi vida me había dedicado a espantar personas.
Ahora me pedían que saliera a saludarlas.
También recibí algunas instrucciones.
Saludar.
Escuchar.
Sonreír.
Las dos primeras fueron sencillas.
La tercera resultó más complicada.
No es fácil hacerlo cuando una lleva siglos escondiendo una calavera.
El asesor de imagen insistía en que debía verme más cercana.
El maquillador tenía un trabajo todavía más difícil.
Pasaba horas intentando disimular el color blanquecino y la transparencia de mi rostro.
Nunca quedó del todo conforme.
Yo tampoco.
También comenzaron las entrevistas.
Después de una de ellas, el asesor de comunicación me llamó aparte.
—Hay algo que debemos corregir.
—¿Qué ocurrió?
—Habla usted de la muerte con demasiada pasión.
—Es mi tema.
—Precisamente. Trate de sonar más natural.
En otra entrevista, el viento me jugó una mala pasada y el velo se corrió apenas un instante.
La periodista sonrió.
—Qué buen filtro.
Y la entrevista continuó como si nada.
Lo más sorprendente fueron los seguidores.
Antes lo hacían por curiosidad.
Después, por imprudencia.
Ahora, por convicción.
Algunos incluso llevaban camisetas con mi fotografía.
Otros me pedían retratos.
Y más de uno insistía en tomarse una selfie conmigo.
Yo accedía.
Aunque siempre procuraba mantener el velo bien sujeto.
Una tarde, durante un recorrido por el sur de la ciudad, un anciano se acercó y me tomó de la mano.
—No nos falle.
Apenas me tocó, dio un respingo.
—¡Qué fría tiene la mano!
No supe si disculparme o recordarle que llevaba siglos muerta.
Aquellas palabras, sin embargo, me inquietaron más que cualquier exorcismo.
Conocía demasiado bien a los seres humanos: sus promesas, sus engaños y sus arrepentimientos.
La noche del cierre de campaña volví a caminar por el Centro Histórico.
Por un momento sentí nostalgia.
Antes huían apenas me veían.
Ahora me pedían fotografías, me deseaban suerte y hasta querían votar por mí.
Entonces comprendí algo.
Siempre pensé que pocas cosas provocaban más miedo que una calavera.
Después conocí la política.
Y empecé a tener mis dudas.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.
