
Esta historia la escuché de mi tío cuando regresó de un viaje a Mira, un pueblo de la provincia del Carchi donde, según dicen, hay brujos de toda clase.
La primera bruja con la que se encontró trabajaba en el albergue donde se detuvo a comer.
La joven mantenía una relación amorosa con otro hombre a espaldas de su marido.
Aquella noche conversaba con él mientras atendía las mesas.
Todo iba bien hasta que el esposo apareció de improviso.
Mi tío pensó que habría una discusión o quizá una tragedia.
Pero la mujer apenas levantó el dedo índice y lo movió de arriba hacia abajo.
El muchacho se convirtió en gallo delante de todos.
Mi tío juraba que jamás olvidó el sonido de las plumas rozando el suelo.
Tampoco la tranquilidad con que la mujer siguió atendiendo la cena, como si transformar personas en animales fuera parte del menú.
Han pasado muchos años desde entonces.
Y dicen que una bisnieta de aquella bruja vive ahora en Quito.
A diferencia de su antepasada, no está casada, aunque desde hace años convive con su novio en un departamento de la González Suárez, de esos edificios altos donde las luces de la ciudad parecen quedarse flotando sobre la neblina.
La joven trabaja en su bar llamado El Eclipse.
Abre hasta la madrugada.
Tiene sillones oscuros, una barra de mármol negro y suficientes botellas para alimentar conversaciones que al día siguiente nadie recuerda con claridad.
Allí suele reunirse gente importante.
Empresarios que hablan por varios teléfonos al mismo tiempo.
Políticos que prometen arreglar el país entre una copa y otra.
Y jueces que miran hacia ambos lados antes de entrar, como si alguien pudiera estar tomando lista.
La muchacha administra el lugar.
Se asegura de que todo funcione bien.
Que nadie espere demasiado.
Que los pedidos lleguen a tiempo.
Que los meseros no confundan un vino francés con uno que solo parece francés.
Casi nunca conversa con los clientes y cuando lo hace, suele ser suficiente una sonrisa para terminar la conversación.
Al menos con la mayoría.
Los insistentes son otra historia.
A esos los invita a la pequeña bodega donde guardan el licor.
Ellos entran felices.
Convencidos de que la noche acaba de mejorar.
Ella los escucha y los deja hablar.
Y cuando considera que ya dijeron bastante, levanta lentamente el dedo índice.
De arriba hacia abajo, como hizo su bisabuela.
Y ahí empiezan los problemas.
A los infieles los convierte en gallos grandes y escandalosos, incapaces de quedarse quietos cuando pasa una mujer.
A los corruptos los transforma en roedores gordos que pasan la noche husmeando debajo de las mesas, buscando qué pueden llevarse.
A ciertos políticos los convierte en loros, de esos que pasan horas repitiendo:
—¡El pueblo primero!
—¡Transparencia!
—¡Cambio verdadero!
Y a algunos jueces, bueno…
Dicen que los transforma en sapos, de esos que pasan el día quietos junto a las macetas y solo pegan un salto cuando aparece un sobre sospechosamente grueso.
Cuando el bar cierra y las últimas copas quedan vacías sobre las mesas, la muchacha hace su recorrido habitual.
Apaga algunas luces.
Revisa la caja.
Ordena el local.
Y vuelve a mover el dedo.
Despacio.
De arriba hacia abajo.
Los gallos recuperan las corbatas.
Los roedores vuelven a sus negocios.
Los loros regresan a la política.
Y los sapos vuelven a ser jueces respetables.
Todos despiertan confundidos y despeinados, con una sensación incómoda que nunca logran explicar del todo.
La historia comenzó a correr por la ciudad.
Primero la contaron los meseros.
Luego los guardias del edificio.
Después los taxistas.
Y finalmente media González Suárez.
Desde entonces, quienes visitan El Eclipse se comportan con una prudencia admirable.
Los políticos hablan menos.
Los jueces mantienen las manos visibles sobre la mesa.
Y más de un empresario, antes de pedir otra copa, mira discretamente los dedos de la muchacha.
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