
Las brujas comenzaron a llegar a Quito desde distintos lugares del país.
Llegaron las de Chambo, expertas en maldiciones de altura y resfriados eternos, y las Zaldúas de Cuenca, siempre elegantes y organizadas.
Llegó la bruja del puente del río El Tejar, en Otavalo, conocida por castigar borrachos e infieles, y las brujas de la Costa y de pequeños pueblos donde todavía se hablaba de ellas en voz baja.
La convocatoria había sido organizada por las brujas de San Roque y la reunión tendría lugar en el antiguo Hospital San Juan de Dios.
El tema era urgente: La crisis del transporte en Quito.
Y sí les afectaba.
Cada vez era más difícil llegar a tiempo a una aparición.
Las maldiciones se retrasaban.
Los recorridos nocturnos tomaban el doble de tiempo.
Y algunas comenzaban a sufrir algo impensable para una bruja respetable: estrés por movilidad.
El viejo hospital parecía hecho para la ocasión.
Los corredores olían a humedad, las paredes crujían y la sala principal estaba iluminada únicamente por velas.
Lo más llamativo era que las brujas ya no parecían brujas: Los sombreros puntiagudos casi habían desaparecido, las capas negras también. Ahora usaban sacos de lana elegantes, bufandas y botas altas cómodas.
Las escobas habían cambiado aún más: tenían luces para los vuelos nocturnos, llevaban asientos acolchados e incluso tenían respaldo.
La primera en intervenir fue la bruja de Chambo.
—La situación es grave. Ayer intenté cruzar El Ejido y terminé atrapada entre unos cables y un dron.
Varias asintieron.
La bruja del río El Tejar levantó la mano.
—Mi prima salió a espantar a un juez corrupto.
Hizo una pausa.
—Y apareció en medio de un “baby shower”.
Varias brujas tuvieron que secarse las lágrimas de tanto reír.
Cuando volvió la calma, una bruja manabita tomó la palabra.
—Aquí hace falta un buen susto.
Todas giraron la cabeza hacia ella.
—¿A quién? —preguntó una bruja de Loja.
—A quienes tienen que resolver el problema.
La respuesta pareció razonable.
—¿Y qué clase de susto? —preguntó una bruja del Oriente.
La manabita sonrió.
—Al alcalde, a los concejales y a los dirigentes del transporte les haría escuchar toda la noche la voz de un controlador de bus.
Varias brujas se estremecieron.
La manabita continuó.
—Justo cuando intenten dormirse escucharán:
«¡Muévase, muévase! ¡Sí entra otro más!»
Algunas comenzaron a sonreír.
—Y cuando por fin crean que van a descansar… escucharán:
«¡Siga, siga! ¡Atrás hay espacio!»
Una bruja de Cuenca cerró los ojos.
—¡Eso es demasiado! Puro terrorismo emocional.
Pero la manabita todavía no terminaba.
—Para los demás responsables tengo otro plan.
—A ver.
—Cada vez que salgan de una reunión encontrarán calles cerradas, desvíos y obras sin terminar.
Las presentes aprobaron la idea con movimientos de cabeza.
Entonces una bruja costeña levantó la mano.
—Todavía falta el castigo principal.
La sala quedó en silencio.
—¿Cuál?
La bruja sonrió.
—Que cuando por fin encuentren una vía libre, se queden atrapados tres horas en el tráfico.
Nadie dijo nada.
—Y mientras esperan, pase el mismo vendedor ambulante tres veces.
Varias brujas comenzaron a reír.
—La primera vez ofreciendo caramelos, agua y cargadores.
La risa aumentó.
—La segunda vendiendo remedios para el estrés.
Algunas ya no podían contenerse.
—Y la tercera dando consejos para mantener la calma.
Las carcajadas resonaron en todo el hospital.
Una joven bruja de Ambato apagó una vela y habló con solemnidad.
—Compañeras, si eso no funciona, tendremos que recurrir a medidas más fuertes.
Las demás asintieron.
Poco después la reunión terminó.
Las brujas tomaron sus bufandas, ajustaron sus escobas y se prepararon para regresar.
Mientras abandonaban el antiguo hospital, sus voces comenzaron a escucharse en los corredores vacíos:
—¡Menos discursos y más transporte digno!
—¡Menos promesas y más soluciones!
—¡Menos tráfico y más escobas!
Y así desaparecieron en la noche quiteña.
Al menos hasta la próxima reunión de emergencia.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.
