La Caja Ronca, como siempre, recorría las calles con sus tambores y sus sombras.

Una joven, desde una ventana, observaba el desfile de los muertos.

No era la única.

Algunos rezaban.

Otros cerraban las cortinas, asustados.

Y unos cuantos tomaban el celular para grabarlos.

Aquella noche, uno de los integrantes de la procesión se detuvo frente a la ventana.

—¿Te gustaría ver algo curioso? —preguntó.

La muchacha asintió.

El hombre sacó unas gafas oscuras de debajo de la capa y se las entregó.

Al ponérselas, las calles de Otavalo desaparecieron.

Frente a ella apareció una inmensa sala iluminada por miles de pantallas.

Había personas por todas partes.

Nadie hablaba.

Nadie levantaba la vista.

Todos observaban sus teléfonos.

—¿Dónde estamos? —preguntó.

—Adivina.

—¿Qué esperan?

—Una notificación.

Miró a una mujer sentada en el suelo.

—¿Desde hace cuánto?

El hombre señaló al primero.

—Más de un siglo.

La joven volvió a mirar.

Nadie parecía notar el paso del tiempo.

Todos seguían esperando.

—¡Qué terrible! No llegan las notificaciones… —murmuró.

La visión desapareció.

Los tambores volvieron a resonar en las calles de Otavalo.

El hombre tomó las gafas y regresó a la procesión.

Poco a poco, las sombras desaparecieron en la noche.

Al día siguiente, la joven encontró las gafas sobre el alféizar de la ventana.

Intentó usarlas nuevamente.

No funcionaban.

En la pantalla apareció una única frase:

«Sin conexión».

 

 

Dorys Rueda, Cuentos: Entre Leyendas y Sonrisas, 2026.

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