
A mí nunca me gustaron las casas donde huele a sopa recién hecha.
No porque la sopa fuera mala, sino porque allí vivían las abuelitas y ellas nunca me tuvieron miedo.
Una noche entré por la ventana de una casa, a las afueras de Tulcán.
En el centro de la sala, una abuelita se mecía despacio.
Adelante.
Atrás.
Como si llevara el mismo ritmo de los viejos relojes.
Tejía un saco bajo la luz amarilla de una lámpara.
No levantó la vista cuando entré.
Siguió moviendo los agujones con toda tranquilidad, como si las sombras también fueran parte de la casa.
Me detuve.
No era común que alguien me recibiera así.
Sin sobresalto.
Sin apuro.
Sin miedo.
—Si vienes por el niño —dijo sin mirarme—, ya está dormido.
Continuó tejiendo unos segundos.
Luego añadió:
—Y si vienes por mí… toma número. Hoy no atiendo sustos de emergencia.
Me quedé inmóvil.
Yo era el Cuco.
El que durante siglos bastó con nombrarlo para que los niños se escondieran bajo las cobijas.
—No vengo por usted —respondí, procurando conservar la dignidad—. Solo pasaba por aquí.
La abuelita sonrió apenas.
—Así empiezan todos los espantos cuando se hacen viejos.
Me acerqué con cautela.
Ella siguió tejiendo como si yo fuera un vecino que había pasado a saludar.
—Antes bastaba decir tu nombre para que los guaguas se durmieran.
Ahora ni caso.
—No es culpa mía. Yo sigo siendo el mismo.
Por fin levantó la vista.
Me observó de arriba abajo, como quien revisa una prenda antes de comprarla.
—Ese es el problema, Cuquito. Tú sigues igual. Los que cambiaron fueron ellos.
Se levantó despacio y fue hasta la cocina.
Pensé que volvería con un rezo o con una escoba.
Regresó con una taza de café.
—Toma.
Pareces cansado.
Nunca nadie me había ofrecido café.
Acepté.
—Yo ya no sé para qué sirvo —confesé.
La abuelita volvió a sentarse.
—Claro que sirves.
¿Quién crees que les cuenta a los nietos quién eres?
No respondí.
Ella continuó tejiendo.
—Los padres viven ocupados.
Los profesores enseñan muchas cosas.
Pero las abuelitas seguimos contando historias.
Del Duende.
De la Viuda.
De la bruja.
De la Llorona.
Y también del Cuco.
Guardé silencio.
—¿Y todavía te creen? —pregunté al fin.
La abuelita sonrió.
—Algunos sí.
Otros hacen como que no.
Pero cuando llega la noche… todos escuchan un poquito más atentos.
Aquellas palabras me dejaron pensando.
Tal vez nunca habían sido los sustos los que me mantenían vivo.
Tal vez eran las historias.
La abuelita terminó el saco.
Lo dobló con cuidado.
Después apagó la lámpara.
—Puedes quedarte si quieres.
Mañana vienen mis nietos.
—¿Y qué les vas a decir?
—La verdad.
—¿Cuál?
—Que anoche el Cuco vino a tomar café.
No pude evitar una sonrisa.
—No te van a creer.
Ella soltó una risita.
—Eso mismo dijeron mis hijos.
Y, sin embargo, ahora son ellos quienes cuentan la historia a sus propios guaguas.
La casa quedó en silencio.
Antes de irme miré una vez más a la abuelita.
Había vuelto a su mecedora.
Los agujones subían y bajaban con la misma calma de siempre.
Entonces comprendí por qué las abuelitas nunca me habían tenido miedo.
Ellas sabían que las leyendas no viven debajo de las camas.
Viven en las historias que alguien decide volver a contar.
Y mientras una abuelita siguiera pronunciando mi nombre al caer la noche…
ningún Cuco desaparecería del todo.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.
