
Dorys Rueda
En San Roque todavía recuerdan al Santo Descalzo, un zapatero que vivió en Quito hace más de cien años.
Reparaba zapatos para todo el barrio y, aunque pasaba los días rodeado de ellos, jamás usaba ninguno.
Los domingos cerraba temprano el taller y caminaba a misa vestido con chaleco y elegante bastón, pero siempre con los pies desnudos. Nadie supo nunca la razón.
Con el tiempo se volvió leyenda.
Hoy, en el lugar donde alguna vez funcionó aquella vieja zapatería, trabaja un joven que parece decidido a mantener viva su historia.
Fabrica zapatos.
Y tampoco usa ninguno.
La primera vez que alguien le preguntó por qué andaba descalzo, respondió:
—Estoy ahorrando suelas.
La segunda vez dijo:
—Todavía no encuentro un par que me convenza.
La tercera respondió:
—Es que mis pies son muy independientes.
Desde entonces, nadie sabe cuándo habla en serio y cuándo está tomando el pelo.
Su taller es pequeño. Sobre la puerta cuelga un letrero que dice:
—Se reparan zapatos. Las dudas son gratis.
Y vaya que recibe dudas.
Los turistas preguntan por la leyenda.
Los periodistas preguntan por los zapatos.
Los vecinos preguntan por qué nunca se casa.
Y una señora que vende hierbas en el mercado le formula cada semana la misma pregunta:
—¿Ya se puso zapatos?
—Todavía no —responde él.
—Entonces la próxima semana vuelvo a preguntar.
Y vuelve.
Puntualmente.
Lo curioso es que el muchacho conoce la historia de casi todo el barrio.
Mientras cose una suela escucha problemas familiares, planes de negocio, historias de amor y discusiones sobre política.
A veces parece más psicólogo que zapatero.
Por eso alguien escribió una vez en internet:
«En San Roque hay un hombre que arregla zapatos y, de paso, acomoda algunas preocupaciones».
La publicación se hizo popular.
Durante varias semanas llegaron visitantes de distintos lugares del país para conocer al famoso Santo Descalzo.
Uno de ellos apareció con una cámara profesional y le pidió una fotografía.
—Póngase junto a esos zapatos —dijo.
—¿Y yo qué hago?
—Mire al horizonte.
—¿Por qué?
—Porque los personajes legendarios siempre miran al horizonte.
El joven obedeció.
Después observó la fotografía y comentó:
—Parezco candidato a concejal.
Desde entonces se niega a posar para fotos solemnes.
Los niños del barrio son quienes más disfrutan visitarlo.
No porque necesiten zapatos.
Van a comprobar si algún día aparece usando unos.
Hasta ahora han fracasado.
Cada vez que creen haber descubierto un par escondido bajo el mostrador, encuentran otra cosa: herramientas, cuero, cordones o una taza de café olvidada.
—¿Y si un día se pone zapatos? —preguntó una niña.
—Ese día se acaba la leyenda —respondió él.
La noticia corrió por todo San Roque.
Algunos vecinos comenzaron a vigilar discretamente.
Nadie quería ser testigo del final de una leyenda.
Los domingos el taller permanece cerrado.
Quienes madrugan aseguran haberlo visto caminar hacia la iglesia.
Descalzo, por supuesto.
Y aunque nadie lo admite abiertamente, más de uno sonríe al verlo pasar, porque en el fondo les gusta pensar que ciertas historias siguen vivas.
Que algunas leyendas no desaparecen.
Simplemente cambian de rostro.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.
