Por siglos, en Otavalo, fui el espanto del río Yanayacu.

Nunca soporté a los ebrios ni a los buscapleitos.

Mucho menos a los graciosos que intentaban burlarse de mí.

De manera sencilla aprendían la lección.

Daba una pedrada tan certera que resultaba imposible olvidarla.

Los ebrios, en un segundo, recobraban la sobriedad.

Los pendencieros descubrían las ventajas de la prudencia.

Y los ocurrentes perdían las ganas de hacer bromas.

Pero, con el paso de los años, comprendí que debía enseñar sin asustar ni lanzar piedras.

Fue el momento de probar otra cosa.

Así fue como me convertí en entrenador.

Dirijo la Selección de Fútbol de Otavalo.

Tengo una gorra roja, un silbato y un cronómetro que encontré abandonado hace años junto al río.

Los muchachos trotan alrededor del Yanayacu mientras yo los superviso desde una roca.

Practicamos reflejos.

Yo aparezco de improviso detrás de los defensas.

Si se asustan, dan diez vueltas.

Si no se asustan, solo cinco.

La concentración también es importante.

Los jugadores conducen el balón mientras varias personas les gritan consejos contradictorios desde la orilla.

 —¡Patea!

—¡No patees!

—¡Pasa la pelota!

—¡No la pases!

—¡Dispara!

—¡Retén el balón!

Es confuso.

Precisamente por eso funciona.

Cuando llegan a una cancha ajena, ya están preparados para escuchar cualquier cosa.

Mi parte favorita del entrenamiento ocurre al anochecer: el juego entre la neblina.

La regla es simple:

Hay que encontrar el arco.

A veces lo encuentran.

A veces encuentran a un compañero.

Y una vez encontraron una vaca que nadie recuerda haber visto entrar a la cancha.

Pero, cuando finalmente logran encontrar el arco y marcar un gol, lo celebran como si hubieran ganado una final.

La perseverancia también se entrena…

Mi fama comenzó a crecer.

Primero por los barrios de Otavalo.

Luego por toda la provincia.

Y finalmente llegó mucho más lejos de lo que imaginé.

Una tarde apareció Moisés Caicedo, del Chelsea.

Se sentó junto al río a observar el entrenamiento.

No dijo una sola palabra durante casi una hora.

Observó los ejercicios.

Escuchó mis instrucciones.

Y, cuando finalizó la práctica, Moisés se acercó con una sonrisa.

—Duende —me dijo—, llevo años en el fútbol profesional y debo reconocer que jamás había visto algo parecido. Aquí hay algo especial.

Miró nuevamente a los jugadores y dijo:

—Todos deberíamos entrenar así. Le diré al director de la Tri que traiga a todo el equipo a entrenar aquí.

Yo le respondí muy serio:

—Trae a todos. Los pondremos a correr hasta que estén listos para ganar el próximo Mundial y, de paso, reforzamos la Selección de Otavalo.

Nos dimos un abrazo.

Esa tarde, el río Yanayacu rugió tan fuerte que parecía una barra alentando desde la tribuna.

 

 

 Dorys Rueda, Cuentos: Entre Leyendas y Sonrisas, 2026

 

error: Content is protected !!