A la salida de Otavalo, justo en una curva donde más de un conductor bajaba la velocidad por costumbre o por respeto a las historias de antes, aparecía una joven de unos veinte años.

Era muy hermosa, callada y siempre parecía tener frío.

Pedía, con voz suave, que la llevaran hasta Guayllabamba, donde, según decía, vivía su abuelita.

Durante el viaje apenas hablaba. Solo miraba por la ventana y aceptaba cualquier saco o poncho que le prestaran para cubrirse los hombros.

Al llegar a Guayllabamba se bajaba del vehículo sin hacer ruido, llevándose con ella el abrigo.

Algunos conductores, días después, regresaban a buscar la prenda. Entonces una anciana los recibía en la puerta de una casa pobre y sencilla y repetía la misma historia:

—Ay, qué pena, señor. Mi nieta murió hace años.

Y señalaba la curva, el lugar donde la habían recogido.

Durante mucho tiempo la historia se repitió.

Hasta que dejó de ocurrir.

No porque la muchacha hubiera desaparecido.

Simplemente nadie se detenía.

Instalaron luces en la carretera.

Colocaron cámaras de seguridad.

Y los conductores ya no tenían la costumbre de recoger desconocidos.

Cuando la veían junto a la vía, aceleraban.

—Ni loco paro.

—Capaz es una trampa.

—En estos tiempos ya no se sabe.

Y así pasaban los carros.

Uno tras otro, sin detenerse.

Algunos incluso cerraban los seguros de las puertas al verla.

Otros fingían no haberla visto.

Hubo quienes pensaron que era una actriz caída en desgracia.

Otros aseguraban que se trataba de alguna campaña publicitaria.

Y más de uno creyó que estaba grabando videos para internet.

Nadie pensaba en fantasmas.

Una noche, después de ver pasar decenas de vehículos sin que ninguno se detuviera, la muchacha tomó una decisión.

—Si nadie quiere llevarme, tendré que aprender a manejar.

Dicen que consiguió un automóvil gris en un patio de venta de carros que solo abría después de medianoche.

El vendedor la recibió con entusiasmo.

—¿Busca algo económico?

—Busco algo que suba y baje la Panamericana sin dejarme botada.

—¿Y documentos?

La muchacha lo miró profundamente.

—No hace falta, dijo el hombre con espanto.

Compró el vehículo esa misma noche.

Era gris, silencioso y siempre parecía recién lavado.

Pero apareció un nuevo problema: necesitaba licencia.

Por recomendación de algunos espíritus conocidos acudió donde don Rigoberto, un exchofer jubilado que sabía más de tránsito que muchos instructores vivos.

Fue él quien aceptó enseñarle.

—Primera lección —dijo el primer día—. No atraviese otros vehículos.

—¿Ni un poquito?

—Ni un poquito.

—Qué exageración.

—Segunda lección: respete los semáforos.

—¿Aunque esté muerta?

—Sobre todo porque está muerta.

Las clases duraron varias semanas.

El único inconveniente fueron los retrovisores.

Como no aparecía reflejada, tenía que adivinar dónde estaba sentada.

Pero terminó aprendiendo.

Cuando llegó el día del examen práctico, estacionó mejor que todos los aspirantes.

Y cuando rindió la prueba teórica respondió correctamente hasta las preguntas que todavía no habían sido formuladas.

El instructor la observó durante un largo momento.

Después firmó el documento.

—Aprueba.

—¿Con cuánto?

—Con susto.

Poco tiempo después comenzó a verse un automóvil gris recorriendo la carretera entre Otavalo y Guayllabamba.

Al volante iba la misma muchacha de la curva.

Al principio la gente desconfió.

Pero pronto empezaron los comentarios: que era puntual, que manejaba con cuidado y que conocía cada curva del camino mejor que cualquier conductor.

Lo único extraño era que nunca aceptaba propinas.

Solo pedía una cosa.

—¿Me prestaría su ponchito durante el viaje?

Los pasajeros aceptaban.

Días después, el poncho regresaba perfectamente doblado, acompañado por una pequeña tarjeta que decía: “Gracias por dejarte llevar”.

La historia corrió de boca en boca.

Los mayores recordaban la vieja leyenda y los jóvenes querían conocer a la misteriosa conductora.

Y así, después de pasar más de un siglo esperando que alguien se detuviera por ella, terminó siendo ella quien llevaba a los demás por el camino.

Dorys Rueda, Cuentos: Entre Leyendas y Sonrisas, 2026.

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