
Durante siglos fui la gallina negra de la Fuente de Punyaro.
Las mujeres que iban a lavar la ropa apenas me veían salir del agua y salían corriendo.
No las culpo.
Una gallina que ladra tampoco es cosa de todos los días.
Vivía bastante tranquila.
Hasta que un día remodelaron la fuente y las lavanderas desaparecieron.
En su lugar comenzaron a llegar turistas con cámaras, botellas de agua y sombreros de ala ancha.
Nadie se asustaba.
Al contrario.
Todos querían una fotografía.
Comprendí que había llegado el momento de buscar trabajo.
Recorrí varias calles del barrio.
Pregunté en un almacén.
En una panadería.
Hasta intenté entrar en una veterinaria, pero me dijeron que primero debía sacar turno.
Finalmente encontré una lavandería.
Pensé que era una buena señal.
Entré con toda la dignidad que puede tener una gallina legendaria.
Ladré tres veces.
El muchacho que atendía el local levantó la cabeza.
—¿Usted… ladra?
—Desde hace más de cien años.
—¡Qué raro!
—Más raro sería que maullara.
El muchacho soltó una carcajada.
Después llamó al dueño.
Le expliqué mi experiencia.
—Especialista en vigilancia nocturna.
—Ajá.
—Más de un siglo espantando desconocidos.
El hombre se quedó pensativo.
—¿Cuánto cobra?
—Maíz.
—¿Algo más?
—Que sea del bueno.
Ese mismo día me contrataron.
Me asignaron una caja con mantas junto a las secadoras y una ración diaria de maíz.
No estaba mal.
Extrañaba la fuente, pero el grano era excelente.
Durante el día vigilaba el local.
Por las noches hacía rondas entre las lavadoras.
Todo marchaba en paz.
Hasta que una madrugada entró un ladrón.
Empujó la puerta con mucho cuidado.
Miró hacia todos lados y no me vio.
Esperé.
Cuando estuvo junto a la caja registradora lancé el mejor ladrido de mi carrera.
El hombre dio un salto.
Retrocedió tres pasos.
Tropezó con un balde.
Y terminó sentado en el piso.
Yo aproveché el desconcierto y le di un picotazo en la frente.
No muy fuerte.
Lo suficiente para que entendiera el mensaje.
El dueño salió corriendo.
Los vecinos también.
Cuando llegó la Policía, el ladrón seguía sentado.
Más confundido que herido.
Al día siguiente alguien subió el video de las cámaras de seguridad.
En pocas horas ya circulaba por todas partes.
Los comentarios eran un espectáculo.
—Eso está hecho con inteligencia artificial.
—Es publicidad de la lavandería.
—No existe una gallina que ladre.
Yo nunca respondí.
Las leyendas no tenemos tiempo para discutir en los comentarios.
Desde entonces mucha gente llega al local.
Algunos llevan ropa para lavar.
Otros solo quieren conocer a la famosa Gallina Negra de Punyaro.
Más de uno me pide que ladre para el video.
Yo acepto.
Pero únicamente después de cobrar el maíz.
Las leyendas también aprendimos que la fama da mucha hambre.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre Leyendas y sonrisas, 2026
