
Don Segundo llevaba casi cuarenta años rondando por los pasillos del Hospital San Luis de Otavalo.
A veces movía una silla, apagaba una luz o aparecía al final de un corredor para recordarles a los incrédulos que los fantasmas todavía existían.
No era un espíritu peligroso.
Estaba perdido.
Una noche se encontró con otro fantasma que parecía mucho más antiguo que él.
—Compadre, ¿y usted qué hace todavía por aquí?
—Esperando.
—¿Qué cosa?
—Que alguien me explique cómo se llega al más allá.
El otro fantasma soltó una risita.
—Con razón.
—¿Con razón qué?
—Que siga aquí.
Don Segundo se acercó.
—¿Y usted sí sabe?
—Algo he oído.
—Cuente.
—Antes aparecía una luz y uno seguía nomás.
—Eso había escuchado.
—Pero parece que cambiaron el sistema.
—¿Y ahora?
—Ahora toca tomar transporte.
Don Segundo parpadeó.
—¿Transporte?
—Eso dicen.
—¿Bus?
—Sí, bus.
—¿Y para dónde?
—Para el más allá.
Esa misma noche salió del hospital y se fue a la terminal.
Allí encontró un bus de la Cooperativa Los Lagos que estaba por salir hacia Quito.
Lo pensó unos segundos.
Luego subió.
Si existía un camino hacia el otro mundo, estaba decidido a encontrarlo.
Durante el viaje observó a los pasajeros.
Una señora hablaba por teléfono desde que salieron de Otavalo.
Dos jóvenes discutían sobre fútbol.
Y un niño pateaba el asiento de adelante con entusiasmo profesional.
Don Segundo suspiró.
Si todos los caminos al más allá eran así, entendía perfectamente por qué algunas almas tardaban tanto en llegar.
Cuando llegaron a la Terminal de Carcelén bajó del bus.
Caminó unos metros.
Escuchó gritos.
Después escuchó una bocina.
Luego otra.
Más adelante dos hombres discutían como si estuvieran peleando por la presidencia de la República.
Don Segundo observó alrededor.
—Me parece que tomé el bus equivocado.
Siguió avanzando.
Mientras más caminaba, menos convencido estaba de haber llegado al otro mundo.
En ese momento apareció una patrulla.
Dos policías se acercaron.
Uno lo alumbró con una linterna.
El otro lo observó de arriba abajo.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
—¿Qué hace por aquí?
—Buscando el más allá.
Los policías se miraron.
—¿Perdón?
—El más allá.
—¿Y vino a Quito a buscarlo?
—Eso parece.
—¿Quién le dio esa dirección?
—Un fantasma amigo.
Los dos guardaron silencio.
—¿Un qué?
—Un fantasma amigo.
—¿En serio?
—Ambos vivimos en el Hospital San Luis de Otavalo.
—Ajá…
—Lleva más tiempo muerto que yo.
Uno de los policías cerró los ojos durante un segundo.
El otro volvió a alumbrarlo con la linterna.
Lo observó durante varios segundos.
—¿Ha tomado algo?
—No.
—¿Está seguro?
—Completamente. Llevo cuarenta años muerto.
Los policías volvieron a mirarse.
—¿Y cómo lo sabe?
Don Segundo se quedó pensando unos segundos.
—Porque me morí.
—Eso no demuestra nada.
Don Segundo reflexionó un momento.
—También es cierto.
Por un momento nadie dijo nada.
Luego el primer policía señaló la sábana.
—¿Y siempre anda vestido así?
—Desde hace cuarenta años.
—No me diga.
El segundo policía alzó la voz.
—Mire, mejor vuelva a su casa.
—No tengo casa.
—¿No dijo que vivía en el hospital San Luis de Otavalo.
La conversación comenzaba a complicarse y don Segundo decidió que ya había tenido suficiente.
Observó la terminal.
Contempló la ciudad.
Examinó a los policías.
Y tomó una decisión.
—Disculpen.
—¿Qué?
—Creo que me equivoqué de destino.
Giró sobre sus talones y se alejó flotando calle abajo.
Los policías lo observaron unos segundos.
Después se quedaron mirándose.
—Yo no voy a escribir este parte —dijo uno.
—Yo tampoco —respondió el otro.
Antes del amanecer, don Segundo ya estaba nuevamente en un bus rumbo a Otavalo.
Cuando llegó al Hospital San Luis recorrió los pasillos de siempre.
Las mismas puertas.
Las mismas luces.
El mismo silencio.
Y por primera vez en muchos años sintió cierto alivio.
Nunca encontró el camino al más allá, pero tampoco volvió a buscarlo.
Y cuando escucha a alguien decir:
—Mañana tengo que viajar a Quito.
Don Segundo desaparece del pasillo por un par de días.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre Leyendas y Sonrisas, 2026.
