La Viuda del Cementerio llevaba siglos cumpliendo su tarea con puntualidad.

Cada noche, a las doce en punto, salía de entre las tumbas con su vestido negro y su velo oscuro.

Su misión era sencilla: asustar a los borrachos infieles que todavía andaban por las calles de Otavalo.

Antes era fácil.

Bastaba con aparecer en una esquina.

Algún desprevenido la seguía y minutos después terminaba arrepintiéndose de varias decisiones importantes de su vida.

Pero los tiempos cambiaron.

Los borrachos ya no caminaban solos.

Pedían Uber.

Compartían ubicación.

Y algunos avisaban a la familia dónde estaban.

Los infieles tampoco desaparecieron.

Simplemente se volvieron más cuidadosos.

Usaban nombres falsos.

Borraban conversaciones.

Y parecían vivir escondidos.

Una noche, sentada sobre su propia lápida, la Viuda del Cementerio suspiró.

—Así no se puede trabajar.

Entonces tomó una decisión.

Si los infieles ya no aparecían en las calles, tendría que buscarlos ella.

Al día siguiente abrió perfiles en varias aplicaciones de citas.

Escogió una fotografía borrosa.

Se aseguró de que el velo ocultara parte del rostro y escribió:

«Viuda. No busco nada serio».

Las respuestas llegaron casi de inmediato.

Entre todas destacó una.

La de un hombre que comenzaba cada conversación con:

—Hola, hermosa.

Y terminaba todas con:

—Estoy ocupado, te escribo después.

La Viuda del Cementerio sonrió.

Parecía el candidato perfecto.

—¿Dónde nos vemos? —preguntó él.

—En el cementerio.

—Qué interesante.

—Me gustan los sitios tranquilos.

—A mí también.

Aquella noche llegó perfumado y confiado.

Traía flores.

Traía chocolates.

Y demasiada confianza.

La Viuda del Cementerio lo esperaba entre las tumbas.

Conversaron unos minutos.

Caminaron por los senderos del camposanto.

Y cuando él intentó acercarse demasiado, ella levantó lentamente el velo.

El hombre quedó paralizado.

Donde esperaba encontrar un rostro, encontró una calavera.

Donde esperaba una sonrisa, encontró dos cuencas vacías observándolo fijamente.

Salió corriendo sin despedirse.

Tropezó dos veces.

Perdió un zapato.

Y no dejó de correr hasta llegar a su casa.

Desde entonces cambió por completo.

Ahora habla de fidelidad.

Saluda con respeto.

Y cuando alguien le pregunta por qué se volvió tan serio, responde:

—Fue una experiencia personal.

Mientras tanto, la Viuda del Cementerio sigue revisando sus perfiles cada noche.

A veces cambia la fotografía.

A veces corrige alguna palabra.

Y a veces simplemente espera.

Después de todo, los tiempos cambian.

Y ella también aprendió a adaptarse.

 Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.

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