La Bruja del Río El Tejar se quedó sin escoba.

La perdió una madrugada mientras regresaba a Otavalo después de una de sus travesuras.

Un viento traicionero la arrancó de sus manos y la lanzó río abajo.

La buscó durante tres noches.

No apareció.

La buscó una semana.

Tampoco.

Finalmente aceptó la realidad.

Necesitaba una nueva.

Así que encendió su vieja computadora, la misma que funcionaba gracias a un hechizo bastante inestable y comenzó a buscar.

Después de varias horas encontró una oferta irresistible.

«Escoba Voladora 3000 Plus».

Las fotografías eran perfectas.

La descripción todavía mejor.

Prometía vuelos suaves, máxima estabilidad, velocidad superior y comodidad garantizada.

—Demasiado buena para ser verdad —murmuró la Bruja del Río El Tejar.

Y la compró.

Pensó pagar con algunas monedas de oro que guardaba escondidas cerca del río, pero al final eligió pago contra entrega.

La experiencia le había enseñado que no conviene confiar demasiado en desconocidos.

Mucho menos en vendedores.

El repartidor llegó entrada la noche.

Encontró a la Bruja del Río El Tejar esperándolo junto al puente.

El muchacho le entregó la caja sin levantar demasiado la vista.

—Si tiene algún problema, puede presentar un reclamo.

—Espero no necesitarlo.

—Yo también.

Y salió de allí tan rápido que casi olvidó la motocicleta.

La Bruja del Río El Tejar abrió el paquete inmediatamente.

La escoba era hermosa.

Brillante.

Ligera.

Y parecía exactamente igual a las fotografías.

—Al menos no mintieron en eso.

Subió.

Tomó impulso.

Y salió volando.

Durante varios minutos, todo funcionó de maravilla.

Sobrevoló Otavalo.

El lago San Pablo reflejaba la luna y la Sirena le devolvió el saludo.

Más allá, el Imbabura se recortaba contra la oscuridad como un viejo gigante que parecía observarla. Ella hizo un gesto de complicidad antes de seguir su vuelo.

Fue en ese momento que comenzó el problema.

Primero sintió una pequeña vibración.

Después otra.

Luego una tercera.

La escoba empezó a temblar como si tuviera frío.

El mango giró ligeramente hacia un lado.

Las cerdas comenzaron a moverse por cuenta propia.

Y de pronto la escoba salió disparada en círculos.

—¡No, no, no!

La bruja del Río El Tejar intentó corregir el rumbo.

Probó tres hechizos.

Después cuatro.

Ninguno funcionó.

Segundos más tarde terminó incrustada contra el campanario de San Luis.

La campana sonó con tanta fuerza que despertó a medio Otavalo.

Cuando logró bajar, cojeando y cubierta de polvo, observó la escoba con indignación.

—La peor compra de mi vida.

Regresó al río arrastrando el artefacto defectuoso., mientras pensaba en el reclamo que haría.

Al día siguiente escribió una reseña.

No fue larga.

Solo decía:

«Bonito para las fotografías.

Pésimo para volar».

Le dio una estrella y agregó: «No cumple con la descripción».

Desde entonces, cada vez que una bruja busca una escoba nueva, primero revisa los comentarios.

Después de todo, la magia ayuda mucho, pero las opiniones de otros usuarios ayudan más.

Dorys Rueda, Cuentos: Entre Leyendas y Sonrisas, 2026.

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