La verdad, ya no sabía qué hacer.

Antes me bastaba con cantar un rato junto al lago para que alguien se detuviera a escuchar.

Los enamorados escuchaban.

Los jóvenes también.

Hasta los ancianos se quedaban un momento junto a la orilla.

Ahora todo era distinto.

La gente caminaba mirando el celular y, aunque una cantara con toda el alma, nadie levantaba la cabeza.

Por eso terminé en el karaoke del barrio Central.

Un sábado por la noche entré al local.

Vestía un vestido negro que rozaba el suelo para que nadie notara que tenía cola y escamas en lugar de pies.

Esperé mi turno y luego subí al escenario.

Pedí “Nuestro Juramento”, de Julio Jaramillo.

Apenas terminé de cantar, alguien gritó:

—¡Otra!

Y enseguida se escuchó otra voz:

—¡Otra más!

Así que terminé cantando una segunda, tercera, cuarta y quinta canción.

Cuando regresé al lago ya estaba amaneciendo.

Aquella noche dormí como piedra.

Pronto me acostumbré a volver cada fin de semana.

Los dueños me guardaban una mesa.

Los clientes preguntaban si iba a cantar.

Y algunos llegaban únicamente para escucharme.

Lo curioso era que nadie sabía quién era.

Nunca hablaba mucho.

Nunca contaba de dónde venía.

Y siempre desaparecía antes del amanecer.

Entonces comenzaron las historias.

Unos decían que era cantante profesional.

Otros aseguraban que había llegado a Otavalo para olvidar un desamor.

Incluso hubo quien juró que me había escapado de un programa de televisión.

Pero una noche se fue la luz.

Todo el mundo sacó el celular para alumbrarse.

Entonces un muchacho que estaba sentado junto a mi mesa descubrió algo extraño.

Debajo de la silla no había piernas.

Había una cola cubierta de escamas.

La luz regresó pocos segundos después.

Pero yo ya me había marchado.

Esa misma noche medio Otavalo conoció la historia.

Y cuando el rumor llegó hasta las orillas del lago, algunos ancianos sonrieron.

—Ya decía yo que esa voz me resultaba conocida.

Desde entonces nadie volvió a verme entrar al karaoke.

Pero los sábados, cerca de la medianoche, todavía hay quienes aseguran escuchar canciones junto al Lago San Pablo.

 Dorys Rueda, Cuentos: Entre Leyendas y Sonrisas, 2026.

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