El diablo tenía un problema.

No era la falta de almas.

No era la competencia.

Ni siquiera la inteligencia artificial.

Eran las uñas.

Le crecían demasiado.

Las limaba por la mañana y por la tarde ya parecían herramientas agrícolas.

Y lo peor era que lo delataban.

Era imposible pasar desapercibido con aquellas uñas.

Una mañana iba caminando por la plaza, en Quito, cuando una señora que vendía frutas lo llamó desde la acera.

—Oiga.

El diablo siguió caminando.

—Oiga, usted.

Se detuvo.

—¿Qué pasa?

La mujer señaló sus manos.

—Oiga, don Diablo, con esas uñas no engaña a nadie.

El diablo las escondió detrás de la espalda.

—Son hereditarias.

La señora soltó una carcajada.

—Y yo soy la Reina de Quito. Vaya a un salón de belleza, don Diablo.

El diablo estuvo a punto de ofenderse.

Pero después se miró las manos.

La mujer no se equivocaba.

Buscó, entonces, una peluquería.

La joven que lo atendió le sonrió al recibirlo.

—Buenas tardes.

—Buenas.

—¿Manicure?

—Urgente.

La muchacha le indicó una silla.

Luego tomó una de sus manos.

Y se quedó en silencio.

—¿Todo bien? —preguntó el diablo.

—Bueno… solo que están muy grandes. Parecen uñas del…

—No lo diga. ¿Las puede arreglar?

—Claro que sí.

Trabajó durante tres horas.

Cortó.

Limó.

Pulió.

Y volvió a limar.

Cuando terminó, el trabajo era impecable.

El diablo observó sus manos.

Debía reconocer que habían quedado perfectas.

—¿Quiere que se las pinte?

—¿Por qué no? Negras, por favor.

—Por supuesto.

Mientras daba la primera capa de pintura, la muchacha no pudo contener la curiosidad.

—¿Y usted a qué se dedica?

El diablo ya había aprendido que asustaba a la gente si decía la verdad.

Así que improvisó.

—Soy influencer.

—¿Influencer?

—Sí.

—¿Y qué promociona?

—Sueños imposibles.

La joven se rió.

—¿Y funciona?

—Más de lo que debería.

Cuando terminó, el diablo pagó y se puso de pie.

La muchacha volvió a mirar las uñas.

—La verdad, ahora sí parecen de influencer.

—Menos mal.

—¿Por qué?

—Porque con las anteriores todos me reconocían.

La joven soltó una carcajada.

—¿Y ahora?

El diablo abrió la puerta del local.

—Ahora pensarán que vendo cursos por internet.

Se acomodó el saco con elegancia y salió caminando por la plaza.

Aquella noche consiguió más seguidores que almas.

Lo que, según él, viene siendo casi lo mismo.

 

 

Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.

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