
Cuando terminé la primaria, tenía muy claro dónde quería continuar mis estudios.
En Otavalo.
Y no solo comenzar la secundaria.
Quería terminarla allí.
Insistí tanto que finalmente mis padres cedieron.
Ingresé al Colegio República del Ecuador, hice amigas y me adapté rápidamente.
Todo marchaba perfectamente.
Durante un año.
Al terminar el primer curso, mis padres me comunicaron que el siguiente año iría a Quito, al Colegio Nuestra Madre de la Merced, donde estaba mi hermana mayor.
No era una consulta.
Era una decisión.
Y traía una palabra que empeoraba la noticia:
Internado.
Dejaba mi casa, mis amigas y, asunto nada menor, la comida de mi madre.
En el internado todo tenía horario.
Hasta el tiempo libre.
En aquellos años, además, Quito quedaba a más de cinco horas de Otavalo.
A los once años, aquello me parecía otro mundo.
Cuando llegué al colegio, la rectora, madre Mercedes, una religiosa española, me recibió en su despacho.
—¿Cómo te llamas?
Respondí el nombre con el que todos me conocían.
—Margarita Rueda.
La madre Mercedes me miró.
Había un problema.
En el mismo año y en el mismo paralelo ya estudiaba otra alumna llamada Margarita Rueda.
Dos Margaritas Rueda en una misma clase eran demasiadas.
La madre Mercedes encontró rápidamente la solución.
Yo tenía otro nombre.
Dorys.
—Aquí te llamaremos Dorys.
No me entusiasmó.
Mi madre utilizaba ese nombre casi exclusivamente cuando estaba enojada conmigo.
—¡Dorys!
Cuando lo escuchaba, sabía que convenía revisar qué había hecho.
Ahora tendría que responder a Dorys todos los días.
Aunque me portara bien.
No había mucho que discutir.
Había llegado a Quito como Margarita.
Y salí del despacho de la madre Mercedes convertida en Dorys.
Desde entonces, en Quito fui Dorys.
En Otavalo seguí siendo Margarita.
Han pasado más de cinco décadas y todavía ocurre.
Regreso a Otavalo y alguien escucha mi nombre.
—¿Dorys Rueda?
Me mira unos segundos.
—¡Pero si eres Margarita!
Y pienso en aquella mañana, cuando la madre Mercedes decidió que en Quito yo sería Dorys.
Sin saberlo, no me cambió el nombre.
Me dejó uno en cada ciudad.
