
Las brujas, el diablo, el cuco, el guagua auca y las sirenas me son familiares desde niña.
Los conocí en las sobremesas de mi casa.
En Otavalo, las conversaciones cambiaban según la hora. Al mediodía se hablaba de política, de fútbol y de lo que hacían o dejaban de hacer las autoridades.
Después de la merienda llegaban los otros.
La Viuda.
El Chuzalongo.
El Carbunco.
La Mariangula.
Los fantasmas.
Y, por supuesto, los duendes.
Mis padres contaban aquellas historias con tal seriedad que nunca se nos ocurrió preguntar si eran ciertas.
Además, al final venía la parte educativa.
—¿Ven lo que les pasa a los niños que salen solos por la noche? —decía mi madre.
Veíamos.
Perfectamente.
El verdadero problema era irnos a dormir después.
Nos cubríamos con las cobijas hasta la cabeza y esperábamos que ninguno de los personajes de la sobremesa decidiera visitarnos.
Pasaron los años.
Y terminé buscando por voluntad propia a los mismos personajes de los que antes me escondía.
Comencé a recopilar casos, mitos y leyendas del Ecuador.
Durante décadas recogí testimonios de personas que aseguraban haber visto duendes, viudas, sirenas y otros seres de nuestra tradición oral.
Había recopilado muchas historias.
Pero ninguna me había ocurrido a mí.
Hasta un sábado.
Me habían realizado una endoscopia y estaba saliendo de la sedación.
Abrí los ojos poco a poco.
La habitación todavía parecía moverse.
Entonces vi algo en una esquina.
Miré mejor.
Era pequeño.
Llevaba una gorra y un saco del mismo color.
Era un duende.
Me quedé mirándolo.
Pero algo no me cuadraba.
Después de tantos años recopilando leyendas, algo sabía de duendes.
El de Otavalo, por lo menos, llevaba poncho, camisa blanca, pantalón y sandalias.
Este llevaba saco y gorra.
No correspondía a la descripción.
Quise verlo mejor.
Él también me miraba, muy tranquilo, como si la que estuviera fuera de lugar fuera yo.
Intenté acercarme.
No pude.
Mi cabeza ya estaba funcionando.
Mi cuerpo todavía no.
El duende, en cambio, se movía perfectamente.
De pronto desapareció por una pequeña abertura de la pared.
Lo seguí con la mirada.
Una enfermera se acercó.
—Tiene que descansar. El examen acaba de terminar.
Yo seguía mirando la pared.
El duende ya no estaba.
De niña me escondía bajo las cobijas para que los duendes no me encontraran.
Después dejé de esconderme.
Y uno terminó encontrándome en una sala de recuperación.
Dorys Rueda, Historias para recordar, 2025
