Dorys Rueda

Durante unas Fiestas del Yamor, el grupo juvenil Junior 3 organizó una gymcana en Otavalo. Los equipos, formados por dos personas, debían cumplir varias pruebas en el menor tiempo posible.

Mi hermano Miguel Ángel y su amigo Nibo Dávila decidieron participar.

Ellos concursaban. Nosotros, sin habernos inscrito, terminamos trabajando para el equipo.

Una de las pruebas consistía en llevar hasta la tarima del parque Bolívar a una muchacha vestida de verde.

¿Dónde íbamos a encontrarla?

La respuesta llegó desde Quito.

Justamente aquel día apareció una prima nuestra que venía a visitar a la familia. Llevaba un terno verde.

Nos miramos. Después la miramos a ella.

—Ven, necesitamos que nos acompañes.

—¿Adónde?

—Al parque.

—¿Para qué?

—Es por la gymcana.

—¿Y yo qué tengo que ver?

Miguel Ángel señaló su ropa.

—Estás vestida de verde.

Mi prima se miró de arriba abajo.

—¿Y?

—Eso es justamente lo que necesitamos.

Creo que todavía intentaba comprender qué relación tenía su terno con una competencia cuando ya la llevábamos rumbo al parque.

Había llegado de Quito a visitar a la familia.

La familia ya le había encontrado ocupación.

Primera prueba resuelta.

La siguiente exigía conseguir una bañista en la piscina de Yana Yacu y llevarla hasta la tarima.

Esta vez no apareció ninguna prima providencial.

Pero teníamos una hermana de quince años.

Ella comprendió nuestras intenciones antes de que termináramos de explicárselas.

—No.

—Es para que Miguel Ángel pueda ganar.

—No.

—Solo necesitamos que nos ayudes.

—No.

Nosotros teníamos varios argumentos. Ella tenía uno solo, pero lo utilizaba con una eficacia admirable.

Insistimos tanto que finalmente aceptó.

Habíamos superado el primer obstáculo.

Faltaba un detalle.

—Tienes que ponerte traje de baño.

Nos miró.

—¿Qué traje de baño?

—Un bikini.

—¡No!

Comenzó otra negociación.

Hubo ruegos, explicaciones y promesas. No recuerdo qué terminamos ofreciéndole, pero al final aceptó también el bikini.

Fue a la piscina de Yana Yacu y entró al agua.

Miguel Ángel y Nibo aparecieron poco después. No le dieron demasiado tiempo para disfrutar del baño. La sacaron del agua, la envolvieron en una toalla y la llevaron al automóvil.

Ya tenían bañista.

Faltaba presentarla ante el jurado.

Cuando llegamos al parque apareció un detalle que, durante nuestras negociaciones, habíamos preferido dejar para después.

Mi hermana debía quitarse la toalla y caminar de un extremo al otro de la tarima para demostrar que llevaba traje de baño.

—¿También tengo que caminar?

—Sí.

Miró la tarima. Después, al público.

—¿Delante de toda esa gente?

También nosotros miramos al público.

—Sí.

Comenzó la tercera negociación.

A esas alturas habíamos conseguido que aceptara participar, que fuera a la piscina y que se pusiera un bikini. No podíamos rendirnos frente a la tarima.

Finalmente accedió.

Dejó la toalla a un lado, respiró hondo y comenzó a caminar.

La seguimos con la mirada.

Llegó al otro extremo.

Se detuvo.

Y giró.

El público aplaudió.

Nosotros también.

Después de tantas negativas, aquel giro había sido iniciativa suya. Nadie se lo pidió.

Con esa prueba, Miguel Ángel y Nibo completaron la gymcana.

Y ganaron.

Regresaron a casa felices, con el premio y una historia de la que nuestros padres todavía no sabían casi nada.

La gymcana había terminado. En casa, sin embargo, faltaba superar una prueba.

—¿Cómo que su hermana estuvo en la piscina? —preguntó mi madre.

Comenzaron las explicaciones.

La piscina llevó al traje de baño.

El traje de baño llevó a la tarima.

Y la tarima llevó inevitablemente al bikini.

—¿En bikini? —preguntó mi madre.

Hubo un pequeño silencio.

Miguel Ángel y Nibo habían ganado la gymcana. El premio estaba sobre la mesa.

Pero, por la cara de mi madre, comprendimos que las felicitaciones tendrían que esperar.

Historias para recordar, 2025.

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