Dorys Rueda
Enero, 2025

A los dieciséis años comencé a trabajar.

Me gustaba ganar mi propio dinero y, sobre todo, no depender de mis padres.

La universidad no estaba entre mis planes.

Mis padres pensaban distinto.

Durante años insistieron.

—Deberías estudiar una carrera.

—Estoy trabajando.

—Nosotros te pagamos la universidad.

—No quiero.

La conversación se repitió varias veces.

Ellos insistían.

Yo me resistía.

Hasta que, a los veintitrés años, cambié de opinión.

Les comuniqué que había decidido entrar a la universidad.

Después de tantos años tratando de convencerme, pensé que recibirían la noticia encantados.

Y sí.

Solo había un pequeño detalle.

—Muy bien —me dijeron—. Pero como siempre has querido ser independiente, creemos que debes pagarte la universidad.

Los miré.

Durante años me habían ofrecido pagar mis estudios.

Ahora habían cambiado de estrategia.

Tomaron mi argumento favorito —la independencia— y me lo devolvieron completo.

Si quería ser independiente, también podía serlo para pagar la universidad.

De pronto, la independencia me pareció bastante cara.

Acepté.

Mi sueldo no alcanzaba para cubrir todos los gastos, así que necesitaba una beca.

La conseguí.

Ahora faltaba algo:

Elegir la carrera.

Yo había vivido fuera del país y quería seguir practicando inglés. Como no podía faltar al trabajo para hacer la inscripción, le pedí a mi esposo que fuera a la Universidad Católica por mí.

La instrucción era sencilla:

—Inscríbame en una carrera donde pueda seguir practicando inglés.

Fue a la universidad.

Recorrió las facultades.

Revisó las opciones.

Y se olvidó del inglés.

Cuando regresó, me contó que había intentado inscribirme en Historia.

—¿Historia?

—No había cupo. Le inscribí en Literatura.

Me entregó la fecha del examen de ingreso.

Lo miré.

No era exactamente lo que le había pedido.

Pero pensé que podía intentarlo. Si no me gustaba, cambiaría de carrera.

Presenté el examen.

Ingresé.

Empecé las clases.

Y no cambié.

Han pasado muchos años desde aquella inscripción.

No elegí la carrera.

La carrera terminó eligiéndome a mí.

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