
Dorys Rueda
Enero, 2025
No solemos recordar nuestro primer corte de cabello.
Yo sí.
Tenía cinco años y una melena larga, abundante y negra que a mí me encantaba.
A mi madre, no tanto.
Cada mañana tenía que desenredarla y peinarla para hacerme una trenza o una cola de caballo.
Apenas aparecía el peine, comenzaban los problemas.
Un tirón.
Una queja.
Otro tirón.
Un llanto.
—¡Me duele!
Mi madre tenía paciencia.
Mucha.
Pero no infinita.
Varias veces me había advertido que, si aquello continuaba, tendría que cortarme el cabello.
Yo tenía una respuesta.
—¡No!
Y me escapaba.
Así pasaron varios días: yo conservando mi melena y mi madre peleando con ella todas las mañanas.
Hasta que un día decidió terminar con el problema.
Me llevó al baño.
Cerró la puerta.
Mala señal.
—Vamos a cortarte el cabello.
Me agarré la trenza.
—¡No!
Mi madre cambió de argumento.
—Es por el duende.
Eso sí me interesó.
En el barrio La Joya, en Otavalo, había funcionado una fábrica de tejidos. Con los años quedó abandonada. Sus paredes se deterioraron, las ventanas se rompieron y el lugar comenzó a llenarse de historias.
Una hablaba de un duende.
Se llevaba a las niñas de cabello largo y negro.
Mi madre hizo una pausa.
—Y de ojos grandes.
Me miré como pude.
Cabello largo.
Negro.
Ojos grandes.
El duende parecía tenerme perfectamente identificada.
—¿Me puede llevar?
—Sí.
Solté la trenza.
La discusión había terminado.
—Córtame.
Pero todavía tenía algo que aclarar.
—Voy a llorar.
—Llora.
Mi madre tomó las tijeras.
Yo cerré los ojos.
¡Zas!
Una parte de mi melena cayó al suelo.
Y yo cumplí mi palabra.
Lloré.
Mi madre me dijo que el cabello volvería a crecer.
Yo no la escuchaba.
Miraba mi cabello en el suelo.
La culpa era del duende.
Entonces hice una promesa:
—Cuando sea señorita, volveré a tener el cabello largo.
Y así fue.
Mi madre ganó aquella mañana.
Yo recuperé mi melena años después.
Del duende, por suerte, nunca volví a saber nada.
