
A los diecinueve años comencé a trabajar como secretaria en una gran fábrica de materiales de construcción.
Lo que más me entusiasmaba era el sueldo.
No porque tuviera grandes proyectos financieros.
Quería comprar libros, ir al cine y viajar.
El transporte de la empresa me recogía puntualmente a las cinco y media de la mañana en el norte de Quito. Durante una hora atravesábamos el norte moderno, el Centro Histórico todavía medio dormido y, finalmente, el sur industrial, con sus fábricas, camiones y trabajadores que comenzaban la jornada.
Yo intentaba dormir durante el trayecto.
Nunca lo conseguía.
A las seis y media ya estaba en mi oficina, situada junto a la del gerente, un suizo de unos cincuenta años, serio, metódico y de pocas palabras.
Mientras yo organizaba mis tareas y comenzaba a escribir a máquina, el señor del comedor me dejaba el desayuno. Después llegaban los teléfonos, las cartas, los documentos y el movimiento habitual de la jornada.
Los trabajadores almorzaban juntos en el comedor. Como era la única mujer en la empresa, yo tenía una pequeña sala donde almorzaba aparte.
Un día, mientras almorzaba, alguien golpeó la puerta.
Era uno de los trabajadores de la planta, un joven de unos veinticinco años.
—El sábado vamos a participar en la marcha por el Día del Trabajador —me dijo—. Queremos que venga con nosotros.
—¿Yo?
—Claro. Usted también trabaja aquí. Tiene que comprometerse con la empresa y con su gente.
Yo llevaba poco tiempo en la fábrica y quería integrarme. Y, a los diecinueve años, aquello de «comprometerse con la empresa y con su gente» me sonó muy serio.
—Está bien. Voy.
Me indicó la hora y el lugar donde debíamos encontrarnos.
—La esperamos.
Y se marchó.
No recuerdo que me preguntara si me gustaban las manifestaciones.
A mí tampoco se me ocurrió preguntármelo.
El sábado llegué al centro de Quito a la hora convenida.
Apenas me vio, el mismo trabajador que me había invitado corrió hacia mí.
Ni siquiera me saludó.
Me puso un casco en la cabeza.
—Póngase esto. Por si acaso.
Era un casco de obrero que me quedaba dos tallas grande. Se me iba hacia un lado y hacia el otro, y yo trataba de acomodármelo sin que terminara sobre mis ojos.
No pregunté qué significaba exactamente «por si acaso».
Lo averigüé pocos minutos después.
De pronto, alguien llegó apresurado.
—¡Más abajo la policía está lanzando bombas lacrimógenas!
Yo no había visto nada.
Pero enseguida comencé a sentirlo.
El olor llegó primero. Después me ardieron los ojos y empecé a lagrimear.
Mientras todavía intentaba entender qué estaba ocurriendo, uno de mis compañeros me tomó del brazo.
—¡Vamos!
No tuve tiempo de preguntar adónde.
En un dos por tres me sacó de allí.
Había llegado dispuesta a participar en mi primera manifestación y ya estaba saliendo de ella.
Ni siquiera había conseguido acomodarme bien el casco.
El lunes regresé a la fábrica.
A las seis y media estaba nuevamente en mi oficina, frente a mi máquina de escribir, dispuesta a comenzar la jornada.
El gerente me llamó.
—Dorys, venga un momento.
Entré en su oficina.
Estaba muy serio.
—Siéntese.
Me senté.
—Me contaron lo del sábado.
Abrí la boca para responder, pero no me dio tiempo.
—Me dijeron que estuvo en primera fila durante la manifestación. Que hubo enfrentamientos entre la policía y los manifestantes, que lanzaron bombas lacrimógenas y que usted estaba en medio de todo aquello con un casco puesto.
Lo miré.
—Pero…
—Déjeme terminar.
Y lo dejé.
Mientras hablaba, intentaba reconocerme en aquella historia.
Primera fila.
Enfrentamientos.
Bombas lacrimógenas.
Yo en medio de todo aquello.
Había ido a una manifestación y el lunes me estaban contando otra.
Solo había un detalle que coincidía.
El casco.
Ese sí lo había llevado puesto.
—Y ahora escúcheme bien, Dorys. No quiero que vuelva a participar en una manifestación.
—Pero…
—En ninguna. Con una ha sido suficiente.
Me miró unos segundos.
—No quiero que vuelva a ponerse en peligro. ¿Estamos de acuerdo?
—De acuerdo.
—Bien. Entonces, a trabajar.
Y fui a trabajar.
Regresé a mi escritorio, acomodé los papeles y me senté frente a la máquina de escribir.
Allí, por lo menos, no necesitaba casco.
