
Mi esposa y yo siempre hemos disfrutado de una buena noche de baile.
Apenas entramos en la discoteca, las luces recorren la pista, las mesas están llenas y la música se mezcla con las conversaciones.
Nos sentamos y pedimos algo para tomar.
Entonces comienzo mi búsqueda.
Sé que está allí.
Recorro con los ojos las mesas y observo a las mujeres que bailan. Busco un rostro, una figura, una manera de moverse que me atraiga.
Hasta que la encuentro.
Mi reina.
No sé quién es.
Ella tampoco me conoce.
No importa.
La observo mientras baila. Se mueve con una soltura que me atrae y, cuando gira hacia donde estoy sentado, nuestras miradas se cruzan.
Un instante.
Aparta los ojos.
Yo continúo mirándola.
Cuando vuelve a girar, me encuentra.
Esta vez sostiene la mirada.
Salgo a bailar con mi esposa.
La busco entre los cuerpos.
Allí está.
Ahora es ella quien me observa.
No aparto los ojos.
Una pareja pasa entre nosotros y, cuando desaparece, descubro que continúa mirándome.
Sonríe.
Le devuelvo la sonrisa.
Mi reina parece haberme elegido también.
Más tarde la encuentro al otro extremo de la discoteca, conversando con alguien. Levanta la vista y nuestras miradas vuelven a cruzarse.
Esta vez no sonríe.
Tampoco yo.
Nos miramos largamente.
A veces la pierdo de vista.
Después reaparece.
Ya no necesito buscarla.
Ella me encuentra.
No nos acercamos.
No cruzamos una palabra.
Cuando llega la hora de marcharnos, salgo de la discoteca con mi esposa.
No la busco para despedirme.
Tampoco hace falta.
Durante toda la noche nos hemos dicho cuanto teníamos que decirnos sin una sola palabra.
Siempre tengo una reina en la discoteca.
Dorys Rueda, Historias que me contaron, obra inédita.
