
Eshima entró despacio en la habitación. Vio colgado el sable wakizashi, la herramienta más afilada para cortar vidas, pero su letal ejecutor no era más que una masa grotesca de emociones entre pliegues de seda.
Comenzó la danza como la había aprendido en tantas tardes, como si tuviera una infinidad de espejos que le enseñaran a corregir sus errores y ocultar sus emociones, mientras sus pies diminutos se movían delicados, como liebres.
En sincronía precisa, se abrían y cerraban sus párpados de porcelana tras un abanico de deseos. Sus manos eran dos garzas, esbeltas y gráciles, fugándose de las anchas mangas del kimono.
Al mirarla, el samurái Musashi confundió aquella intrincada emoción que le partía el pecho con la de su primer combate. Su intuición le decía que se encontraba frente a una conquistadora diestra. Cuando quiso reaccionar era muy tarde: se veía batiéndose en duelos temerarios, por la vida o el honor de quien ella se lo pidiera.
Tomado del libro “Portales” del autor John Paul Solís – Colección Micronautas (ganadora de concurso nacional de colecciones 2023).
