Fuente oral: Paco Viniachy

Versión literaria: Dorys Rueda

Otavalo, 2024 

Mi padre ya no sabía qué hacer conmigo.

Había salido del Colegio Otavalo sin terminar el segundo año y tampoco quería estudiar en el Solano ni en ningún otro colegio.

Un día perdió la paciencia.

—Mira, jovencito, no has terminado el segundo año y has salido del Colegio Otavalo. No quieres ir ni al Solano ni a ningún otro colegio. Lo mejor será que te hagas cura.

La solución parecía bastante drástica.

Pero mi padre ya la tenía pensada.

—Le diré a tu hermano menor que te lleve a Ibarra con los padres capuchinos. Te quedarás un año, a ver si ellos finalmente te cortan los cachos.

Y fui.

Desde el primer día me pusieron sotana.

Los capuchinos debieron de confiar bastante en sus métodos.

No funcionaron.

Alrededor del convento había varios colegios de señoritas y la sotana no me impidió fijarme en ellas.

A los tres meses ya tenía enamorada.

Los cachos, por lo visto, seguían intactos.

Una noche quise verla.

El problema era que yo dormía en el segundo piso del internado y, naturalmente, no podía salir por la puerta.

Así que recurrí a una solución que había visto muchas veces en las películas.

Una sábana.

La até firmemente a una de las patas de la cama, hice varios nudos y comprobé que pudiera soportar mi peso. Después la lancé por la ventana.

Hasta allí, todo perfecto.

Empecé a bajar.

Despacio.

Llegué al suelo sin ningún problema y fui a encontrarme con mi enamorada.

Pasamos un rato juntos.

Después miré la hora.

Tenía que volver.

Ese era un detalle importante.

Bajar había sido fácil. Subir tampoco me preocupaba demasiado porque era buen atleta y estaba en excelente estado físico.

Regresé al internado, encontré la sábana exactamente donde la había dejado y comencé a trepar.

Subí un poco.

Luego otro poco.

Todo iba bien.

Hasta que dejó de ir bien.

De pronto sentí que la sábana se tensaba.

Miré hacia arriba.

Unos padres capuchinos me esperaban en la ventana.

Miré hacia abajo.

Otros me observaban desde el patio.

Volví a mirar hacia arriba.

Después, hacia abajo.

No había muchas opciones.

No sé qué resultaba más difícil de explicar: que hubiera salido del internado en plena noche, que estuviera regresando por una sábana o que, después de tres meses de sotana, la razón de todo aquello fuera una enamorada.

No tuve que explicarlo durante mucho tiempo.

Mi escapada terminó esa noche.

Mi estadía con los capuchinos también.

Había llegado a Ibarra para pasar un año y permitir que los padres me «cortaran los cachos».

Duré tres meses.

Y los cachos regresaron conmigo a Otavalo.

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