
Esta leyenda me la contó mi padre, Ángel Rueda Encalada, en 1990. Él, a su vez, la había escuchado de un familiar.
La historia comienza así.
Hace muchísimo tiempo, un gigante cruzó la frontera desde Colombia y llegó a la provincia de Imbabura.
Su tamaño era tan descomunal que el retumbar de sus pasos hacía temblar la tierra. Bastaba verlo aparecer a lo lejos para que la gente cerrara las puertas. Todos hablaban de su fuerza y de los desastres que había dejado tras su paso por las tierras andinas.
Pero había algo que nadie sabía.
El gigante estaba cansado de vivir solo.
Durante toda su vida solo había encontrado miedo en los ojos de los demás. Nadie se acercaba a hablar con él. Nadie caminaba a su lado. Con el tiempo comprendió que su mayor desgracia no era su fuerza, sino la soledad que provocaba.
Pasaba largas horas sentado en las laderas de Mojanda mirando el cielo. A veces levantaba los brazos intentando alcanzar alguna de las aves que cruzaban sobre su cabeza, pero todas escapaban antes de que pudiera rozarlas.
Para distraerse recorría las lagunas de Imbabura, tratando de descubrir cuál era la más profunda. Era el único juego que había inventado para combatir la soledad.
Probó las lagunas de Mojanda, llegó hasta Cuicocha y también visitó Yahuarcocha. Ninguna logró cubrirle más allá de los empeines.
Los años pasaron.
El gigante envejeció, pero su curiosidad permanecía intacta.
Una mañana, mientras descansaba sobre una montaña, un ave se posó cerca de él.
—Si buscas la laguna más profunda, todavía te falta conocer una.
El gigante levantó la cabeza.
—¿Cuál?
—San Pablo. Dicen que nadie ha logrado conocer su profundidad.
Aquellas palabras le devolvieron la esperanza.
Sin perder tiempo caminó hacia Otavalo.
Cuando divisó la laguna quedó maravillado. El agua brillaba bajo el cielo y parecía no tener fin.
Se acercó despacio y sumergió un pie.
Por primera vez sintió que el agua le llegaba hasta las rodillas.
Sonrió satisfecho.
Por fin había encontrado la laguna que tanto había buscado.
Animado por el descubrimiento, dio un paso más.
Entonces sintió que el fondo cedía bajo sus pies.
Intentó retroceder, pero el agua comenzó a hundirlo lentamente. Cuanto más esfuerzo hacía por salir, más se hundía.
Por primera vez en su vida sintió miedo.
Desesperado, buscó algo de qué sostenerse.
Solo encontró el monte que se levantaba junto a la laguna. Se aferró con todas sus fuerzas, pero la tierra comenzó a desgarrarse bajo sus enormes manos.
El dedo índice perforó la cima del cerro, dejando un pequeño agujero por donde, decían los antiguos, podía verse el cielo.
Mientras luchaba por no desaparecer bajo las aguas, arrancó enormes pedazos de tierra que fueron abriendo profundas quebradas en el paisaje.
Pero la laguna era más fuerte.
Poco a poco sus manos fueron resbalando.
Hasta que el agua terminó por tragárselo para siempre.
Dicen que de aquel último esfuerzo nacieron los valles y quebradas que hoy dibujan el paisaje de Imbabura.
Todavía hay quienes aseguran que, cuando el viento atraviesa el lago San Pablo y recorre los valles de Imbabura, puede escucharse el último suspiro de aquel gigante que solo buscaba un lugar donde dejar de sentirse solo.
Portada: https://ec.viajandox.com/otavalo/lago-de-san-pablo-A240
INFORMANTE
Ángel Rueda Encalada
Otavalo 1923-2015
Fue un autodidacta que impulsó la modernización de la ciudad de Otavalo y logró cambios enormes para su ciudad, como la automatización de los teléfonos, la construcción del Banco de Fomento, la llegada del Banco del Pichincha, la edificación del Mercado 24 de Mayo, la construcción de la Cámara de Comercio, la reparación del templo El Jordán y la reconstrucción del Hospital San Luis.
Por décadas, fue benefactor de las escuelas Gabriela Mistral y José Martí. Fue fundador de varias instituciones de la ciudad, de donde desplegó su actividad a favor de la comunidad. Fue presidente de la Sociedad de Trabajadores México y del Club de Tiro, Caza y Pesca. Formó la Cámara de Comercio, trabajó para ella y fue su Presidente Vitalicio.
