Las noches de Otavalo, desde hacía varios años, tenían un visitante muy particular.

Era un alma en pena que no arrastraba cadenas ni lanzaba lamentos desgarradores, como mandaban las viejas leyendas.

Al contrario.

Vestía un impecable terno blanco, llevaba el cabello peinado con raya al medio y conservaba una cortesía que desconcertaba a cualquiera.

Tenía una voz suave y educada, como si estuviera haciendo fila en el banco en lugar de vagar por el más allá.

—Disculpe la molestia, ¿tendría la amabilidad de indicarme dónde se llevará a cabo mi misa de cuerpo presente?

Así se presentaba.

La pregunta bastaba para provocar más de un susto.

Nadie sabía exactamente cómo había muerto.

En Punyaro se decía que pasó tantos días entre trámites, autorizaciones y cambios de turno en el Hospital San Luis que, cansada de esperar, su alma decidió abandonar el cuerpo y seguir sola.

Lo único seguro era que nunca supo dónde lo velaban.

Algún error administrativo lo registró como trasladado a Ibarra cuando, según otros rumores, seguía en algún rincón del mismo hospital.

Desde entonces recorría las calles de Otavalo buscando su propio velorio.

Una noche especialmente fría caminaba por la calle Sucre cuando vio una casa iluminada.

Había flores en la entrada y sillas alineadas contra las paredes.

Muchas personas reunidas alrededor de una mesa.

—Por fin encontré mi velorio —pensó emocionado.

Se acomodó el terno blanco.

Se alisó el cabello.

Y entró con la dignidad de quien llega al homenaje que le corresponde.

Sin embargo, apenas cruzó la puerta comenzó a sospechar que algo no encajaba.

En lugar de rezos sonaba música.

En vez de una caja mortuoria colgaba una enorme piñata.

Y donde esperaba encontrar coronas fúnebres encontró globos de colores.

Dos niños fueron los primeros en verlo.

—¡Ya llegó el señor de los juegos!

—¡No! ¡Es el mago!

En cuestión de segundos tenía a media docena de niños rodeándolo.

Uno quería que sacara monedas de una oreja.

Otro le pidió globos.

Un tercero quería saber si podía desaparecer a su hermano menor.

El alma levantó una mano para aclarar el malentendido.

No alcanzó.

La madre del cumpleañero apareció desde la cocina, lo vio de pie en medio de la sala y soltó un grito que hizo temblar hasta la piñata.

—¡Jesús, María y José! ¿Y este quién es?

Lo que siguió fue confuso.

Una tía blandió un florero plástico.

Un primo levantó una silla.

Y la abuela, mucho más eficiente que todos los demás, apareció armada con una escoba.

Aunque los escobazos no le dolían, sí lastimaban profundamente su dignidad.

Minutos después caminaba por la vereda con serpentinas colgando del hombro y un moño de cumpleaños pegado al terno.

—Yo solo buscaba mi velorio —murmuró con tristeza.

Siguió caminando.

Al llegar al sector de La Joya distinguió otra casa iluminada.

Esta vez había flores blancas.

Velas encendidas.

Y un silencio respetable.

—Ahora sí —pensó.

La puerta estaba entreabierta.

Al acercarse apareció una joven vestida de rojo.

Al verlo sonrió.

—Sabía que vendrías.

El alma se quedó inmóvil.

—¿Nos conocemos?

—Claro.

—Me temo que no la recuerdo.

—Hablamos hace meses en Citas entre mundos.

Poco a poco comenzó a recordar.

Una noche de aburrimiento había creado un perfil.

No esperaba resultados.

Mucho menos una respuesta tan prometedora.

La joven lo invitó a pasar.

Conversaron durante horas.

Hablaron de recuerdos, de la vida, de la muerte y de lo difícil que resultaba encontrar compañía en cualquier dimensión.

Por primera vez en mucho tiempo el alma olvidó que estaba buscando su propio velorio.

Incluso volvió a sonreír.

Y eso no le ocurría desde hacía décadas.

Todo marchaba perfectamente hasta que la joven se inclinó hacia él y dijo:

—Yo busco algo serio.

El alma sintió un ligero escalofrío.

—¿Qué tan serio?

—Matrimonio.

El silencio fue inmediato.

Por su mente desfilaron antiguos noviazgos, promesas incumplidas y una boda que jamás llegó a celebrarse.

—¿Matrimonio? —repitió.

—Claro. No me importa que seas un poco transparente. Lo importante es lo que llevas dentro.

Y aquello fue demasiado.

El alma se puso de pie de un salto.

Atravesó la puerta.

Cruzó la calle.

Y desapareció entre la niebla con el terno blanco ondeando.

Mientras se alejaba, todavía alcanzó a gritar:

—¡Ni muerto me caso!

Desde entonces continúa recorriendo las calles de Otavalo.

Sigue buscando su velorio.

Sigue preguntando por su misa de cuerpo presente.

Y cada vez que ve flores, velas o una casa demasiado iluminada, se acerca con cautela.

Uno nunca sabe cuándo puede encontrarse con otro cumpleaños.

O algo peor.

Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.

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