Durante siglos fui uno de los gigantes más temidos de esta región.
Llegué desde el norte cuando todavía no existían carreteras ni turistas.
La gente escuchaba mis pasos y salía corriendo.
No los culpo.
Yo también habría corrido.
Una vez decidí recorrer las lagunas de Imbabura.
Pensé que todas me llegarían a las rodillas.
Probé con varias y ninguna me dio problemas, hasta que llegué a la laguna de San Pablo.
Metí un pie.
Luego el otro.
Y el agua me llegó al pecho.
Del susto me agarré del Imbabura.
Hay quienes dicen que algunas quebradas aparecieron aquel día.
Y también esa ventanita que tiene el cerro.
Yo prefiero no hablar mucho del asunto.
Con los años dejé de asustar personas y me dediqué al turismo.
Resultó ser un trabajo bastante más tranquilo.
Los visitantes suben por una gran escalera hasta mis hombros.
Desde allí pueden ver lagunas, volcanes y pueblos enteros.
Aunque la verdad sea dicha, casi nadie mira el paisaje.
Todos están ocupados tomándose selfis.
Algunos se acomodan sobre mi nariz.
Otros prefieren mi oreja izquierda.
Un día, mientras una pareja grababa un baile sobre mi ceja, sentí un cosquilleo en la nariz.
Mala señal.
Muy mala señal.
Saqué mi pañuelo.
Y entonces ocurrió.
—¡Achís!
Varios sombreros desaparecieron y fueron a parar en Ibarra.
Un toldo aterrizó en Quichinche.
Y una señora que vendía helados en Otavalo terminó en Cotacachi.
Cuando todo terminó, guardé el pañuelo.
Nadie dijo nada.
Al despedirse, uno de los turistas me preguntó si no extrañaba los tiempos en que todos me tenían miedo.
Miré la laguna de San Pablo.
Miré el Imbabura.
—No —respondí.
—¿Por qué?
—Porque antes todos escapaban de mí.
—¿Y ahora?
Miré a un grupo de muchachos que intentaba tomarse una selfi sobre mi nariz.
—Ahora regresan.
Y, la verdad, eso tiene su encanto.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre Leyendas y Sonrisas, 2026
