
Durante siglos bastó pronunciar mi nombre para que los niños se metieran bajo las cobijas.
Nunca tuve que hacer demasiado.
Los adultos hacían casi todo el trabajo.
—Duérmete o viene el Cuco.
—Come o llamo al Cuco.
—Pórtate bien porque el Cuco anda cerca.
Yo solo aparecía de vez en cuando.
Una sombra detrás de la puerta.
Un crujido en el pasillo.
Una respiración donde no debía haber nadie.
Nunca revelaba del todo mi aspecto.
Cada niño me imaginaba a su manera.
Y eso siempre fue mi mayor ventaja.
Hasta que llegaron los niños de ahora.
Una noche escuché a una madre decir, ya sin mucha esperanza:
—¡Duérmanse de una vez o llamo al Cuco!
Pensé que había llegado mi momento.
Entré por la rendija de la puerta.
Alargué la sombra.
Hice crujir el piso.
Y preparé una entrada digna de mis mejores tiempos.
Esperaba gritos.
Saltos bajo las cobijas.
Alguna lágrima.
Nada de eso ocurrió.
Los tres niños me miraban con la tranquilidad de quien espera el inicio de una película.
El mayor fue el primero en hablar.
—¿Eres el Cuco de verdad?
—Sí.
Me observó unos segundos.
—Pensé que serías más digital.
Antes de que pudiera responder, la niña dijo:
—¡Alexa! ¿Quién es el Cuco?
La bocina respondió inmediatamente:
—El Cuco, también conocido como Coco o Cucuy, es una figura del folclore utilizada para asustar a los niños desobedientes.
—Gracias.
La niña volvió a mirarme.
—Sales mejor en internet.
Confieso que aquello me dolió.
Pero todavía guardaba algunos recursos.
Chasqueé los dedos.
La luz desapareció.
La habitación quedó completamente oscura.
Tres segundos después comenzó el verdadero pánico.
—¡Mi celular!
—¡No hay internet!
—¡Alexa no responde!
Los tres terminaron abrazados sobre la cama.
No por mí.
Por falta de señal.
Aquello fue un golpe para mi orgullo profesional.
Entonces el mayor rompió el silencio.
—Bueno… ¿y ahora qué hacemos?
La niña me miró.
—¿Te quieres quedar?
Pensé que había oído mal.
—¿Quedarme?
—Sí.
Hasta que vuelva la luz.
—¿Y qué haríamos?
—Jugar a los sustos.
Acepté.
Con una condición.
—Nada de buscar respuestas en internet.
Los tres estuvieron de acuerdo.
Durante la siguiente hora aparecieron monstruos imaginarios.
Voces detrás de las ventanas.
Sombras debajo de la cama.
Historias absurdas.
Y más risas que gritos.
Cuando terminamos, nadie logró decidir quién había ganado.
Yo defendía mi risa de ultratumba.
El pequeño insistía en que la voz de su abuelo cuando preguntaba por las notas daba mucho más miedo.
La discusión quedó sin resolver.
Entonces el mayor bostezó.
—Cuco…
—¿Qué?
—¿Te quieres quedar a dormir?
Acepté.
Me dieron una colchoneta.
Una almohada.
Y una esquina de la manta.
Antes de apagar la linterna, el más pequeño volvió a hablar.
—Cuco.
—¿Sí?
—¿Cómo eres de verdad?
Lo miré unos segundos.
Después sonreí.
Llevaba siglos escuchando esa misma pregunta.
Y nunca la había respondido.
Porque la verdad es que ni yo mismo lo sabía.
Nunca fui una capa negra.
Ni unos colmillos.
Ni una sombra escondida detrás de una puerta.
Siempre fui aquello que cada niño imaginaba cuando la habitación quedaba en silencio.
Apagué la última linterna.
La oscuridad llenó el cuarto.
—Buenas noches —susurré.
Los tres se durmieron pocos minutos después.
Yo permanecí despierto un rato más.
Escuchando cómo la casa volvía a quedarse en silencio.
Y comprendí que los tiempos podían cambiar cuanto quisieran.
Mientras existiera un niño capaz de imaginar lo que no alcanzaba a ver…
el Cuco siempre tendría un lugar donde quedarse.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.
