La Viuda de Medianoche de Otavalo arrastraba un problema que la perseguía desde hacía siglos.

Cada noche aparecía hermosa.

Elegante.

Misteriosa.

Capaz de hacer que más de un caminante olvidara su camino.

Pero al llegar la medianoche todo cambiaba.

Su rostro se convertía en una calavera.

Aquello espantaba a cualquiera.

Durante años vio correr a jóvenes, aventureros y enamorados.

Sin embargo, una noche ocurrió algo peor.

Mucho peor.

Un muchacho pasó junto a ella, la miró apenas unos segundos y dijo:

—Buenas noches, señorita calavera.

Y siguió caminando.

Sin asustarse.

Sin correr.

Sin volver la cabeza.

La Viuda se quedó inmóvil.

Aquello le dolió más que todos los gritos que había escuchado en su vida.

A la mañana siguiente pidió una cita con una terapeuta del centro de Otavalo.

Entró al consultorio vestida de negro y con expresión preocupada.

Después de escucharla durante largo rato, la terapeuta hizo una pregunta:

—¿Y qué es lo que más le preocupa?

—Que me convierto en una calavera.

—Eso ya lo entendí.

—Entonces comprenderá mi problema.

La terapeuta negó con suavidad.

—No estoy tan segura.

La Viuda frunció el ceño.

—¿Cómo que no?

—Porque usted lleva siglos siendo la Viuda.

—Sí.

—Y sigue siendo famosa.

—También.

—Entonces el problema no parece ser la calavera.

La Viuda guardó silencio.

Nunca lo había pensado de esa manera.

—¿Y qué hago?

—Nada extraordinario.

—¿Nada?

—Aprenda a sacar ventaja de lo que ya tiene.

Aquella respuesta la acompañó durante varios días.

Luego decidió probar.

Comenzó a realizar recorridos nocturnos por las calles de Otavalo.

Contaba leyendas de otras viudas del país.

Narraba historias antiguas sobre duendes y fantasmas.

Guiaba a los visitantes hasta el cementerio.

Y a medianoche se quitaba el velo.

Aquello fue suficiente.

Inmediatamente empezaron a llegar curiosos.

Después turistas.

Y más tarde grupos completos.

La Viuda terminó organizando recorridos todas las semanas.

Con el tiempo aparecieron fotografías, recuerdos y pequeñas calaveras de cerámica.

Una tarde volvió a visitar a la terapeuta.

—¿Cómo le va? —preguntó esta.

—Muy bien.

—Me alegra.

—Ya no me preocupa convertirme en calavera.

—¿Ve?

—Ahora me preocupa que no alcance el tiempo para atender a tanta gente.

La terapeuta sonrió.

La Viuda también.

Desde entonces, cuando alguien visita Otavalo y escucha hablar de los recorridos nocturnos de la Viuda, suele imaginar una historia de miedo.

Pero quienes la conocen descubren algo distinto.

Es la única persona que logró sacar provecho de convertirse en calavera cada medianoche.

 

Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.

error: Content is protected !!