El Duende del Teatro Apolo no estaba pasando por un buen momento.

Desde que el teatro cerró sus puertas, se había quedado sin trabajo.

Ya no podía esconderse entre las butacas.

Ya no podía aparecer detrás de las cortinas.

Y, lo peor de todo, ya no tenía a quién hacerle travesuras.

Una noche caminaba por las calles de Otavalo cuando se encontró con el Duende de la antigua fábrica La Joya.

—Compadre, pareces alma en pena.

—Estoy aburrido.

—¿Tan mal está la cosa?

—Llevo semanas sin asustar a nadie.

Suspiró.

—Ni un grito. Ni un sobresalto. Ni siquiera alguien que salga corriendo.

El Duende de la antigua Fábrica La Joya lo observó durante unos segundos.

—Ese es tu problema.

—¿Cuál?

—Sigues buscando gente en los teatros.

—¿Y dónde más voy a encontrar público?

El otro soltó una carcajada.

—Hace tiempo que el público se mudó.

—¿A dónde?

—A las pantallas.

El Duende del Teatro Apolo frunció el ceño.

—¿Qué tienen las pantallas?

—Todo.

Aquella respuesta lo dejó pensando.

Durante varias noches, el Duende de la antigua Fábrica La Joya le enseñó algunas cosas.

Le mostró videos.

Le enseñó transmisiones en vivo.

Le explicó qué eran las videollamadas.

Lo más difícil fue convencerlo de que miles de personas podían quedarse mirando a alguien que hablaba solo frente a una cámara.

Al principio no entendió mucho.

Pero una madrugada descubrió que sí podía aparecer en las pantallas.

Entonces comprendió que ya no necesitaba un teatro.

Internet tenía muchos más espectadores.

Aquello fue suficiente.

La primera vez asomó la cabeza detrás de un muchacho que transmitía en vivo desde la Plaza de Ponchos.

La segunda apareció reflejado en la pantalla de una computadora durante una reunión virtual.

La tercera decidió sentarse, muy serio, al fondo de una película que una familia veía en la sala de su casa.

Todos se asustaron.

—¿Vieron eso? —preguntó la madre.

—¿Qué cosa?

—La sombra.

—¿Cuál sombra?

Volvieron a mirar.

Ya no había nadie.

Durante varias semanas comenzaron a aparecer fotografías, videos y capturas de pantalla.

Unos aseguraban haber visto una figura pequeña detrás de una presentadora.

Otros juraban que algo caminaba al fondo de una videollamada.

Los más incrédulos decían que todo era un montaje.

Los demás preferían cerrar bien la aplicación.

El Duende del Teatro Apolo disfrutaba cada minuto.

Hacía años que no tenía un público tan grande.

Una noche volvió a encontrarse con el Duende de la antigua Fábrica La Joya.

—¿Cómo te va?

—Mucho mejor.

—¿Extrañas el teatro?

El Duende del Teatro Apolo sonrió.

—No tanto.

—¿Y ahora dónde trabajas?

El duende levantó los hombros.

—Donde haya una cámara encendida.

El Duende de la antigua Fábrica La Joya soltó una carcajada.

Desde entonces, cuando alguien ve una sombra cruzar por el fondo de una videollamada, siempre encuentra una explicación.

Que fue la conexión.

Que fue un reflejo.

Que fue un error de la cámara.

El Duende del Teatro Apolo nunca discute con nadie.

Simplemente hace una reverencia invisible…

…y busca la siguiente transmisión en vivo.

Dorys Rueda, Cuentos: Entre Leyendas y Sonrisas, 2026.

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