Hay ciudades que despiertan.

Otavalo parece recordar.

Suspendida en la altura,
el monte la mece.

Las nubes llegan sin prisa
y la cubren
como a una hija dormida.

Las casas callan.

Las plazas y los parques
guardan pasos
que siempre vuelven.

Desde el lago San Pablo
sube la brisa.

No empuja.

Reconoce.

La luz avanza despacio
y toca los tejados.

Uno a uno.

Sobre la ciudad,
el Taita Imbabura.

No llega.

Siempre estuvo.

La mañana toca sus laderas.

Otavalo se levanta.

No despierta.

Recuerda.

En los telares
comienzan a moverse las manos.

En los surcos
vuelve a abrirse la tierra.

Una puerta se abre.

Alguien sale a la calle.

Y en cada gesto,
en cada paso,
algo antiguo permanece.

No se ve.

Pero está.

Otavalo abre los ojos.

Una mañana más.

Dorys Rueda.

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