Adaptación: Dorys Rueda
Memorias de Mira, 2008

Era una noche oscura y helada. Adán, un joven campesino, tenía que ir a revisar el agua de riego, ya que le correspondía hacerlo esa noche. A pesar de llevar su poncho, el frío se le metía hasta los huesos. Mientras caminaba por el campo, el silencio apenas era interrumpido por el murmullo del agua que corría entre las acequias.

De pronto, algo brillante llamó su atención. Era una luz que se acercaba lentamente hacia él, iluminando la oscuridad a su paso.

Cuando la luz estuvo más cerca, el muchacho vio algo muy extraño.

¡Era un animal grande! No era un perro común, sino uno negro como la noche, con una luz resplandeciente en su frente, como si llevara una pequeña linterna. Caminaba despacio, sin apartar la vista del joven. El animal parecía no querer atacarlo, pero Adán se asustó muchísimo.

—¡Es el Carbunco! —susurró.

Su abuelita siempre le había contado historias sobre aquel perro mágico. Decía que llevaba un diamante brillante en la frente y que, si alguien se atrevía a robarle la joya, el Carbunco lloraba muy triste y desaparecía en la oscuridad.

La gente decía que quienes se encontraban con el perro fantástico despertaban llenos de riquezas, aunque antes vivían con poco. Adán, por un momento, pensó que, si robaba el diamante, podría pedir un deseo y hacerse rico. Imaginó una casa más grande para su familia y una vida sin preocupaciones.

—Con ese diamante podría ayudar a todos —pensó.

Pero enseguida recordó la voz de su abuelita.

—No siempre es bueno tomar lo que no nos pertenece.

Adán respiró hondo.

—Tienes razón, abuelita —se dijo a sí mismo.

Fue entonces cuando comprendió que no debía hacer algo incorrecto. Además, se contaba que quien le quitaba el diamante al Carbunco corría un grave peligro. El joven sabía que debía regresar rápidamente a su casa, cerrar bien las puertas y no mirar atrás, porque el perro volvía siempre para recuperar su tesoro.

Dio media vuelta y comenzó a caminar.

Cada paso lo alejaba del Carbunco.

Cada paso lo acercaba a su hogar.

Cuando llegó, su abuelita abrió la puerta.

—¿Qué pasó, hijo? Te veo muy asustado.

—Creo que vi al Carbunco.

La anciana sonrió y lo abrazó.

—Lo importante es que regresaste sin hacer lo que no debías.

Adán sonrió también.

Desde aquella noche, cada vez que alguien hablaba del Carbunco, recordaba aquella luz que apareció en medio de la oscuridad y las palabras de su abuelita.

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